domingo, 18 de julio de 2010

Bitácora: Historia de lo nuestro (los libros y yo)

Es un proyecto ambicioso el que empiezo a pergeñar, con pocos medios instrumentales y económicos. Pero la idea surge, o empieza a tomar forma, con la lectura de las anécdotas que entorno a la edición permanecen en la memoria de Manuel Arce  y que recogió en su momento Julio Neira en su libro de Edición de Poesía Contemporánea para la UNED. Comenzó entonces a aparecer la posibilidad de introducir la cabeza en el mundo del libro ya no sólo por la creación sino también por la edición.
Y así, aparecen a partir del mes pasado, los Papeles de La palabra olvidada, que pretenden ser la catapulta para pequeños creadores y un divertimento para los más grandes.

Todo esto ocurre motivado también por el desamparo en que nos tienen confinados a los jóvenes escritores en esta tremenda ciudad que es Santander. Ocurre cuando los verdaderamente jóvenes ven cómo se llama "joven poesía santanderina" a los cuatro gatos de siempre que hace ya muchas décadas que hicieron la comunión. Y se da el caso de que una lanzadera como hubiera podido ser Santander 2016, no es más que una patraña de un tal Rafael Doctor que se ha traído a sus amigos de Madrid para suplir carencias (que aparentemente las hay, pero es porque sólo se busca en la superficie). Conozco yo a más de uno que bien pudiera estar dando al cara por su ciudad en lo que literatura se refiere, aunque bien es cierto que, aun con la juventud que tienen, han asumido ya que lo mejor es hacer mutis y medrar culturalmente en otros lugares. Pongo por caso a mi amigo Noé Ortega, al que espero poder engañar en algún momento y tenga el detalle de prestarme algún texto suyo para los Papeles.

También está aquella gente que tiene carreras literarias de envidiable calidad a la que se está dando y se ha dado de lado, precisamente por eso: su calidad.

En esta ciudaducha de patanes incompetentes que se hacen llamar escritores, periodistas, pintores y polifacéticos payasos (esto último lo digo yo), no hay cabida para nombres tan obviamente necesarios como el de Marián Bárcena, que también ha renegado de intentarlo (¿para qué?- pensará).

Así que, finalmente, viendo que todos los buenos a mi alrededor pierden la fe, no en sí mismos, sino en que Santander vuelva a ser lo que fue cuando la Generación del 27 se reunía aquí, cuando se daban aquellos maravillosos cursos de la Universidad de Verano, cuando Tudanca era un lugar conocido por todos; finalmente digo, sintiendo la necesidad de que alguien más mantenga algún pequeño aliento de esperanza y de fuerza contra estos enanos agigantados (de los que no doy nombres más por vergüenza que por miedo a represalias, vergüenza ajena, me refiero); sintiendo que alguien más debe permanecer, he emprendido esta pequeña senda de la edición, que acompañará a la que, si puedo, no perderé nunca: la de crear, mejor o peor, pero siempre con la idea de aprender y mejorar.

Y puesto que después no quedará de mí, aunque uno siempre lo quiera, más que restos de links en Google, comienzo también esta bitácora de anécdotas que espero sea más un aliciente que un cúmulo de quejas y desproporcionadas injusticias.

Vale.

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