domingo, 15 de enero de 2017

Alumbramiento (Deslumbramiento) II

Y día a día, semana a semana y cada una de las medidas de tiempo que al lector se le ocurran, se va produciendo el lento, pero no por ello ineficaz, proceso de deslumbramiento.

Un personaje, como si estuviera escrito por un autor cualquiera, con las características básicas marcadas y con un margen de maniobra más o menos amplio, dependiendo del cuidado que se tenga que poner, aparece ante la deslumbrada de turno, que hoy llamaremos Y.

En manos de un psicólogo en ciernes, este personaje podría enmarcarse en lo que el doctor Gregorio Marañón tanto y tan bien definió en sus estudios y que tantas alegrías ha dado a nuestra Literatura: el síndrome del Don Juan.  


Y aquí hago un alto en el camino para indicarle a cualquier lector que por aludido se haya dado que, si le queda algo de sano juicio, no entienda, ni por asomo, estas palabras como fruto de rencor alguno, pero que tampoco, por favor, se sienta halagado por ellas, pues recogen un terrible estado mental del cual pocos salen y, si lo hacen, rara vez sanos y salvos.

Este síndrome es bastante abundante entre el público masculino y suele ser escondido por el fememino cuando se ha visto embebido, atrapado, traicionado por él. Pero Y. se ha atrevido a contar su historia, Y. quiere evitarle a quien quiera que se lo eviten, el dolor, la frustración y la pérdida absoluta de tiempo y esfuerzo que solo se pueden ver compensadas por toda la enseñanza que cualquier vivencia nos deja.
Escuhemos, pues, o leamos, las confesiones de Y.
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Paciencia (Parte I)

Suelo recurrir con frecuencia a explicar cualquier término de mi lengua materna buscando su etimología. Así, todo su significado, el actual y el original (pasando por todos aquellos que haya podido tener), cobran sentido y puedo entender el desarrollo de esa palabra y por qué, en muchas ocasiones, tiene matices que, a primera vista, parece no contener, pero si ahondamos descubrimos que, por alguna razón que se escapa, nuestro instinto va allí donde nuestro conocimiento aún no ha llegado (y problamente el primero guíe al segundo para llegar).

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El término español "paciencia" proviene del latín y deriva del término PATIENS, participio activo del verbo protoitálico PATI/PATIOR cuyo significado es "sufrir".
Se suele utilizar esta acepción cuando hablamos de los pacientes en términos de salud (aquel que sufre una enfermedad), pero rara vez denota de este modo cuando nos referimos al que espera.

En nuestra actual sociedad (y probablemente desde hace muchísimos años), la paciencia es considerada un don que aporta la madurez y/o el tiempo. Se asume que los niños y adolescentes no son pacientes por naturaleza y que los adultos deben serlo; el arte de "saber esperar", lo llaman, y se le atribuye al que es paciente una especie de estado espiritual próximo a la meditación y la armonía de los chakras. A día de hoy, además, parece que es una cualidad que escasea por culpa de la educación en lo inmediato que los actuales padres están proporcionando a sus hijos, o eso dicen.



A mi modo de ver, la paciencia es, efectivamente, una cualidad encomiable y que permite proceder en la vida con cierta tranquilidad ante los hechos futuros, sin embargo, considero que se trata de una cualidad harto peligrosa si no se dosifica o se establecen sus límites razonables. Esto es: en mi opinión, la paciencia proviene de dos sentimientos distintos. Uno de ellos es la esperanza; tenemos esperanza por que lo que ha de venir sea como esperamos y simplemente, pues eso, esperamos. El otro es la asunción; asumimos que lo que tenga que venir vendrá, sea como sea, y simplemente, pues eso, esperamos.

En ambos casos, aparentemente, poco o nada podemos hacer por el devenir de los acontecimientos y dejamos a una especie de deus ex machina resolver aquello que está en el aire. ¡Y qué cómodo puede resultar! Supongo que el que se acostumbra a la paciencia tiene la conciencia tranquila ante lo que pueda ocurrir puesto que escapa a su control: 
"La paciencia es la fortaleza del débil y la debilidad del fuerte" (Inmanuel Kant)

Y yo me pregunto: ¿Por qué debemos dejar que las cosas sigan ocurriendo y, con suerte, en algún momento den los frutos esperados? ¿Acaso revolverse en el sitio por tener que esperar cuando ya nos sentimos preparados es ilícito? Salimos a buscar lo que nos pertenece por puro y duro esfuerzo vital y... SORPRESA, hay lista de espera, y parece que los requisitos han cambiado.

¿Y si llevas años esperando y te has hartado de que sea otro (Dios, el primer motor, Stephen Hawking o el perro del vecino -con todo respeto-) el que decida cuándo es tu momento?

Les dejo "considerando en frío, imparcialmente", estas dudas, quizá este no sea el mejor momento para resolverlas, sean pacientes.

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