jueves, 26 de noviembre de 2009

De los saberes del mundo... II

Para nosotros el conocimiento humano es lo que un taoísta llamaría conocimiento convencional, porque no creemos saber nada en realidad a menos de poder representárnoslo por medio de palabras o por algún otro sistema de signos convencionales como la notación matemática o musical. Semejante conocimiento se llama convencional porque es cosa de acuerdo social acerca de los códigos de comunicación.

A. Watts, El camino del zen, EDHASA, Barcelona, 1971, pág. 23

En la búsqueda de lo que se ha venido a llamar "philosophia perennis" o filosofía perenne, encontramos que las sabidurías orientales nos acercan, en similitud, a cierta forma del empirismo occidental. Se nos aleja de la concepción social del pensamiento humano y, por ello, de la representación icónica o simbólica de lo que pensamos. Para las sabidurías orientales no-duales, el conocimiento no tiene por qué ser plasmado en ningún medio de comunicación o representación, simplemente es conocimiento.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Mañana lloverá (VI)

Si ya parecía suficiente con el chulo del garito, Marcos no estaba dispuesto a dejar tirada a la poli, si le habían llamado, aunque fuera a caerle el mayor marrón de su vida, tenía que ir.

Y así lo hizo, se presentó tan pronto como supo desembarazarse de la preocupación nocturna que le había atado a la cama, con los ojos como platos, mirando directamente al techo, en el que no hacía más que intuir lo que Carla y él habían hecho aquella noche, aún no lo recordaba, y ¡maldita sea!, ¡por qué tenía él que cargar con eso, si ni siquiera recordaba aquella noche, ni una sola palabra, caricia, beso o estímulo!

Por otro lado, tenía la esperanza de descubrir alguna información sobre Carla... Aunque, ciertamente, nadie le había concretado que en comisaría quisieran hablarle de algo relacionado con ella.


Estuvo esperando en una sala o más bien un pasillo estrecho y largo, con butacas de plástico, acompañado de un par de chavales que esperaban para prestar declaración por objetos robados o perdidos, y de una vieja, llorando sin cesar, de la que más tarde, por sus gritos, sabría que había perdido un gato, un puto gato...

Un tío, con pinta de no ser mucho mayor que Marcos, se le acercó con un montón de papeles. Le llamó por su nombre y apellidos y le pidió que le acompañara a una habitación pequeña y sin ventanas, de aspecto sucio, desordenado; estaba todo apilado por el suelo, las pocas estanterías que tenía parecían destrozos de un edificio recién derruído, todo estaba en un completo desorden, menos la mesa de aquel tipo: un ordenador, malo, con por lo menos diez años de antigüedad, el teclado, con algunas letras desgastadas, un montón de folios y dos bandejas con formularios sellados y sin sellar.

El policía, con uniforme pero sin pistola ni porra en el cinturón, sólo con las esposas, se sentó tranquilamente tras el ordenador y ofreció a Marcos hacer lo propio justo enfrente, en una silla algo más cómoda que las del pasillo de espera. En ningún momento aquel tío tomó una postura prepotente, como en esas películas americanas, que siempre apoyan los pies en la mesa, se agarran del cinturón y están chupando un palillo. El tío era mucho más educado que aquello, pero por lo mismo, Marcos no tuvo ningún conducto de salida para su nerviosismo, no podía ponerle un toque de humor a aquella situación,;era tan normal, que no podía imaginar que fuera a ser grave.

Aquel tipo, comenzó a distribuir los papeles que llevaba encima por la mesa, y se quedó sólo con uno, que le pidió a Marcos que rellenara. Datos, sólo datos, ninguna explicación del por qué tenía que estar allí, rellenando un formulario, y por lo mismo, Marcos no iba a preguntar. Entonces, casi cuando estaba acabando de rellenar "fecha y firma", Marcos levantó la vista, instintivamente, hacia la puerta de entrada a la habitación, a su izquierda, preguntándose lo que todo el mundo en situaciones absurdas, qué día era; enseguida volvió la vista a la hoja para acabar con el "papeleo" cuando se dio cuenta, repentinamente, de que había visto pasar a una mujer... A la mujer: a Carla.

Firmó la hoja absorto, intentando de nuevo vislumbrar entre realidad e imaginación, quizá esto tampoco era real. Aquella noche, ahora en la comisaría. ¿Y si Carla era simplemente fruto de su imaginación? ¿Y si, aunque la mujer a la que veía existiera, él simplemente había imaginado a una mujer como Carla después de ver pasar a una mujer como aquella cualquier día por la calle?

El policía le cogió la hoja de la mano, en la que parecía haberse congelado, y procedió a leerla, con parsimonia, como si en el manual de policía estuviera, en algún artículo concreto, especificado que los formularios hay que leerlos como si uno ya supiera lo que va a decir. Pero, de repente, el tío abrió los ojos y miró a Marcos:

- Creo que te has confundido con tu apellido, chaval.

Marcos, que aún estaba, como él diría, flipando, levantó la vista ligeramente y pidió la hoja con la mano. El tipo se la acercó sin soltarla y dijo:

- No hagas gilipolleces, aquí todos sabemos cómo te llamas.
- Pues seguro que lo saben -dijo Marcos un poco molesto- pero yo mi apellido es ese.
- Chaval, vienes ya animado por la mañana. Ya me habían dicho que eras un listillo, pero esto es demasiado básico, cúrratelo un poco más.
- Le he dicho que ese es mi apellido.
- Que sí, que sí... También me vas a decir que este no eres tú...

El tío, que tenía la ficha policial de un chaval en la pantalla del ordenador, con foto incluída, a la que no había prestado atención hasta ahora, se quedó inmóvil mirando, con la mano en el ratón, la foto de la ficha. Marcos y el tío de la foto no eran el mismo. Comprobó los apellidos, efectivamente no coincidían. Buscó los datos del verdadero Marcos, no había antecedentes, en su ficha sólo aparecía su nombre por una declaración de objetos perdidos que hizo su madre una vez. Ninguna foto.

Se levantó, sin decirle nada a Marcos, que empezaba a temerse que habia estado perdiendo el tiempo sin salir a comprobar si Carla era real. Asomó la cabeza por la puerta y gritó: ¡Quién coño ha llamada a este chaval!, en dirección a una mesa que había a la entrada de la oficina. El hombre que estaba sentado en ella le dijo que él acaba de empezar turno, que sería su compañero.

El policía volvió a la mesa murmurando y cabreado:

- Chaval, vete de aquí, hemos tenido una confusión. Te puedes ir, se han equivocado con los datos.

Sin mediar palabra, Marcos se levantó y salió de la habitación, miró a derecha e izquierda, esperando encontrar a Carla. Nada.

Cuando salía de la oficina, la vio entrar a un despacho, sin llamar. Se quedó mirando la puerta que Carla acaba de cerrar tras de sí... ¡Era Carla! ¡Era real! ¿Por qué si no iba a entrar en un despacho? Su imaginación no podía querer ver a Carla entrando en un despacho por ningún motivo...

Era Carla.

Como el policía le había despedido tan tajantemente, Marcos pensó que no era buena idea ir a buscar a Carla a la entrada del despacho, por muy emocionado que estuviera, con lo problemática que había sido además su "relación" con ella, igual acababan arrestándolo por cualquier signo de exaltación.

Salió de aquel lugar y decidió esperar sentado en un banco de la acera de enfrente... Le pidió un pitillo a una perro flauta que pasaba por allí, él tenía fuego. Y se puso a esperar...

miércoles, 11 de noviembre de 2009

La tradición impresa

La elaboración y la transmisión de una obra literaria antes de la imprenta es cosa muy distinta de lo que fue después. La tipografía hizo que la publicación de un libro, hecha antes mediante muy escasas copias, lentas y muy distanciadas en el tiempo y en el lugar, se convirtiese en un acto momentáneo, único y superabundante en ejemplares. La publicación impresa señala la terminación de la obra por parte del autor; todo lo que éste trabajó en elaborarla queda anulado en el olvido, y todo cuanto trabaje después en corregir y perfeccionar lo impreso, si no hace una segunda impresión. Por el contrario, en la lentísima publicación manuscrita cada ejemplar producido tiene su individualidad.

R. Menéndez Pidal

Este fragmento de uno de los grandes estudiosos de la literatura española, en deuda con otro grande, R. Menéndez Pelayo, pone de manifiesto la opinión de una parte de los escritores que creemos que, al margen de las ventas y la facilidad de distribución que significan la impresión de un libro a gran escala, tener entre las manos un ejemplar tan único como el realizado por un sólo escritor o copista es un regalo inigualable. Por eso, siempre hemos creído que es necesario guardar, ya no sé si para la posteridad o simplemente para no olvidarlo -como dice Menéndez Pidal-, los manuscritos de las obras que creamos, a poder ser rubricados, por si el día de mañana alguien nos quiere coleccionar... ¿Quién sabe?

lunes, 9 de noviembre de 2009

Mozart

Aún me pone los pelos de punta recordar aquel concierto (grabado por cierto) de final de curso 2002 de Conservatorio Jesús de Monasterio. Aún me entra la nostalgia cuando recuerdo lo difícil que nos resultaba a las soprano de mi curso (que éramos todas unos mocos) llegar a las notas más altas del Carmina Burana.

Y aún me entran escalofríos cuando escucho el Dies Irae del Réquiem de Mozart. No olvidaré nunca aquellos años de coro en el Conservatorio... Nunca.

Aquí os dejo las tres primeras piezas del Réquiem, aunque lo que me interesaba dejaros en el blog es el Dies Irae.





Quiero darle un especial agradecimiento a todos aquellos compañeros de coro, a los que, como a mí, las 2 horas de coro les parecían lo mejor de toda la semana y a los que les ocurría al contrario. A Adriana, a Alfonso y Óscar, compañeros de cuerda, a toda la orquesta, que juraría que por aquel entonces aún tenía a Irene de primer violín, pero sobre todo, a Emilio Otero, al que a veces me encuentro por la calle y aún se acuerda de mí. Grande, Emilio.

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