lunes, 18 de septiembre de 2017

Recuerdo de domingo...

No siempre que pasa tu vida ante tus ojos quiere decir que estás pronto a la muerte. De hecho, no tengo prueba de que pase en esos casos. Pero sí la tengo de que hay veces, las más proclives se parecen a un domingo, en que si no toda, sí pequeños flashes de tu vida se acontecen como recuerdo de capítulos anteriores en una serie muy familiar.

Lo que rara vez me ocurría, no me ha ocurrido hasta hoy, de hecho, es que pudiera escoger qué flashes recrear y cuáles simplemente dejar pasar de largo como quien avanza una reproducción desplazando la barra con el cursor. He disfrutado desgranando momentos que aún comparto y que agradezco compartir con quien los creó conmigo.

Hoy seleccioné los momentos a recordar y al terminar vinieron a mí antiguos versos de manos triste y paradójicamente sibilinas (¿cuánta sinceridad esconde el verso del mentiroso?). Sus sonetos dedicados ya no significan nada, pero ahora me doy cuenta de que un verso se me remueve en los párpados de vez cuando y desde hace unos días. Será nostalgia, por su contenido, de la tierra a que hacen referencia, o será que mi mente entiende que una regresión mnemotécnica pasa por relacionarlo absolutamente todo.

En cualquier caso, se repite como un miserere y no le encuentro significado; así que lo pongo como música de fondo y continúo mi recuerdo de domingo desde tierras altamente bárbaras estos días. Tal vez aquellos poemas, que me unieron a un alma que aún dudo que haya existido, sean los que construyeron en mí lo que a día de hoy ofrezco. Y quienes se me acercan con duda, salen de mí, como me gustaría a mí salir de aquel verso y de todo este recuerdo: con la calma de una tarde de domingo que, de pronto, se acaba.

"He vuelto a ti, mar de mis entrañas"


viernes, 21 de julio de 2017

Cambios

Lo peor, para mí, es saber que van a llegar pero que aún no lo hayan hecho. Nunca he tenido miedo a los cambios, cuando han ocurrido, el resultado siempre ha sido mejor de lo que yo esperaba; de hecho, mis miedos han radicado siempre en que los resultados serían malos, nunca en que no pudiera hacer frente al cambio en sí.

Me gusta el cambio, he llegado a la conclusión de que hay facetas de la vida que deben estar en constante cambio para que el tedio no se apodere de la mente y acabemos todos desquiciados y/o deprimidos. Cada uno escoge esta aventura en la faceta de la vida que mejor le parece: relaciones, trabajo, creencias, experiencias...

Pero he aquí que los grandes cambios tienen dos modos de presentarse, en apariencia: de repente, como si de haber apretado el botón de los canales del mando se tratara; o avisando, como el llamado "sol de la bruja", que avecina un chubasco importante. En realidad, rara vez el cambio aparece sin avisar, otra cosa es que nosotros no hayamos sido capaces de verlo venir.

Y ese, ese momento que puede durar unos días o unos meses o a veces años, ese es, para mí, el peor punto de todo cambio: cuando está por ocurrir. No haces planes en el momento previo al cambio, porque, ¿de qué va a servir? No puedes organizar lo que ocurrirá después del cambio, porque ¿y si no suceden luego las cosas como esperabas? Solo te queda vivir el momento, y eso está muy bien, pero incluso viviendo el momento, hay cosas que tienden a proyectarse hacia el futuro.

Heme aquí, pues, esperando un cambio que viene avisando desde hace ya un año. Un cambio que he negado, deseado, aborrecido y aceptado numerosas veces. No me disgusta el cambio, quiero ver qué hay detrás de esa puerta que aún no se ha abierto, el pomo me quema ya en las manos. No me asusta el cambio, he tenido tiempo de sobra para prepararme y sé que cualquier escenario es posible. Mi único miedo, como he dicho antes, es que el resultado no sea el que espero y que este cambio no me convierta en quien vengo buscando ser desde hace unos años.

Pero, mi anterior gran cambio funcionó. ¿Por qué no ha de hacerlo este?


domingo, 9 de abril de 2017

Domingo

Y es domingo, pero no es un domingo cualquiera.. Es uno de esos domingos en los que descansas de todos esos pensamientos en los que no has querido detenerte por días o semanas. Porque no has querido pasar a través de ellos, simplemente, has querido pasar de ellos.
Y llega un domingo en que te toca, quieras o no, descansar de verlos pasar y quedarse mirándote extrañados; es probable que ya ni siquiera los recuerdes todos, pero a grandes rasgos, ese estado de ánimo que te provocan te ha venido acompañando levemente hasta que hoy se ha hecho dueño de ti.

Y como es domingo, caes, porque un lunes no puedes levantarte a las seis de la mañana cargando todavía con todo ellos. Caen sobre tus hombros como pesan los deseos incumplidos, como se cargan los años y la tristeza de sus diferentes pérdidas. Y el domingo te resulta largo y corto a partes iguales, porque lo es; es tedioso comprender que mañana volverás a las mismas rutinas que intentas, o quizá no, cambiar de lunes a viernes.

Y entonces recuerdas, casi siempre lo malo, que, sin embargo, se cubre de un velo de nostalgia que te sorprende. Sabiendo a ciencia cierta que todo pasado no fue mejor y que lo mejor está por venir, o así rezan los tópicos, a pesar de todo, caes, porque es domingo y los domingos, que no vas a misa, son tus fiestas de guardar. Y no rezas, pero sopesas. Y lo peor, es que no hay un EGO TE ABSOLVO ni un AMÉN que te arregle el domingo, ni el que viene, ni el último de tu vida.

Y apechugas, porque es domingo, que es como otro día cualquiera, muy a tu pesar... Domingo y nada más.

Lucía Fdez. Segura - Santander, 2007


domingo, 15 de enero de 2017

Alumbramiento (Deslumbramiento) II

Y día a día, semana a semana y cada una de las medidas de tiempo que al lector se le ocurran, se va produciendo el lento, pero no por ello ineficaz, proceso de deslumbramiento.

Un personaje, como si estuviera escrito por un autor cualquiera, con las características básicas marcadas y con un margen de maniobra más o menos amplio, dependiendo del cuidado que se tenga que poner, aparece ante la deslumbrada de turno, que hoy llamaremos Y.

En manos de un psicólogo en ciernes, este personaje podría enmarcarse en lo que el doctor Gregorio Marañón tanto y tan bien definió en sus estudios y que tantas alegrías ha dado a nuestra Literatura: el síndrome del Don Juan.  


Y aquí hago un alto en el camino para indicarle a cualquier lector que por aludido se haya dado que, si le queda algo de sano juicio, no entienda, ni por asomo, estas palabras como fruto de rencor alguno, pero que tampoco, por favor, se sienta halagado por ellas, pues recogen un terrible estado mental del cual pocos salen y, si lo hacen, rara vez sanos y salvos.

Este síndrome es bastante abundante entre el público masculino y suele ser escondido por el fememino cuando se ha visto embebido, atrapado, traicionado por él. Pero Y. se ha atrevido a contar su historia, Y. quiere evitarle a quien quiera que se lo eviten, el dolor, la frustración y la pérdida absoluta de tiempo y esfuerzo que solo se pueden ver compensadas por toda la enseñanza que cualquier vivencia nos deja.
Escuhemos, pues, o leamos, las confesiones de Y.
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Paciencia (Parte I)

Suelo recurrir con frecuencia a explicar cualquier término de mi lengua materna buscando su etimología. Así, todo su significado, el actual y el original (pasando por todos aquellos que haya podido tener), cobran sentido y puedo entender el desarrollo de esa palabra y por qué, en muchas ocasiones, tiene matices que, a primera vista, parece no contener, pero si ahondamos descubrimos que, por alguna razón que se escapa, nuestro instinto va allí donde nuestro conocimiento aún no ha llegado (y problamente el primero guíe al segundo para llegar).

...
El término español "paciencia" proviene del latín y deriva del término PATIENS, participio activo del verbo protoitálico PATI/PATIOR cuyo significado es "sufrir".
Se suele utilizar esta acepción cuando hablamos de los pacientes en términos de salud (aquel que sufre una enfermedad), pero rara vez denota de este modo cuando nos referimos al que espera.

En nuestra actual sociedad (y probablemente desde hace muchísimos años), la paciencia es considerada un don que aporta la madurez y/o el tiempo. Se asume que los niños y adolescentes no son pacientes por naturaleza y que los adultos deben serlo; el arte de "saber esperar", lo llaman, y se le atribuye al que es paciente una especie de estado espiritual próximo a la meditación y la armonía de los chakras. A día de hoy, además, parece que es una cualidad que escasea por culpa de la educación en lo inmediato que los actuales padres están proporcionando a sus hijos, o eso dicen.



A mi modo de ver, la paciencia es, efectivamente, una cualidad encomiable y que permite proceder en la vida con cierta tranquilidad ante los hechos futuros, sin embargo, considero que se trata de una cualidad harto peligrosa si no se dosifica o se establecen sus límites razonables. Esto es: en mi opinión, la paciencia proviene de dos sentimientos distintos. Uno de ellos es la esperanza; tenemos esperanza por que lo que ha de venir sea como esperamos y simplemente, pues eso, esperamos. El otro es la asunción; asumimos que lo que tenga que venir vendrá, sea como sea, y simplemente, pues eso, esperamos.

En ambos casos, aparentemente, poco o nada podemos hacer por el devenir de los acontecimientos y dejamos a una especie de deus ex machina resolver aquello que está en el aire. ¡Y qué cómodo puede resultar! Supongo que el que se acostumbra a la paciencia tiene la conciencia tranquila ante lo que pueda ocurrir puesto que escapa a su control: 
"La paciencia es la fortaleza del débil y la debilidad del fuerte" (Inmanuel Kant)

Y yo me pregunto: ¿Por qué debemos dejar que las cosas sigan ocurriendo y, con suerte, en algún momento den los frutos esperados? ¿Acaso revolverse en el sitio por tener que esperar cuando ya nos sentimos preparados es ilícito? Salimos a buscar lo que nos pertenece por puro y duro esfuerzo vital y... SORPRESA, hay lista de espera, y parece que los requisitos han cambiado.

¿Y si llevas años esperando y te has hartado de que sea otro (Dios, el primer motor, Stephen Hawking o el perro del vecino -con todo respeto-) el que decida cuándo es tu momento?

Les dejo "considerando en frío, imparcialmente", estas dudas, quizá este no sea el mejor momento para resolverlas, sean pacientes.

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