miércoles, 8 de noviembre de 2017

Acechan... ¿y ahora qué?

Se acercan inminentemente los 28 años... Los noto venir desde hace unos meses. Y tiemblo solo de pensar que a mí, ¡a mí!, vaya a entrarme una pre-crisis de los 30. ¡Las narices! Ni pre, ni crisis, ni post. Porque, ¿de qué sirve?

¿De qué sirve poner sobre la mesa todo lo que a uno le ha venido ocurriendo hasta llegar a donde está?
¿De qué sirve apreciar que la mesa está muy vacía de algunos asuntos y demasiado llena de otros? 
¿De qué sirve darle vueltas una y otra vez a los mismos asuntos (y darse cuenta, por ejemplo, de que los domingos son ese día en que yo me encuentro siempre recordando cosas)?
¿De qué sirve acaso atreverse a pensar que otros llegaron a metas más admirables, o quizá menos, a la misma edad?

Ya lo sabéis pero os lo digo: no sirve absolutamente de nada. Pero parece que la recapitulación es una de esas manías, como el que se muerde las uñas o sigue las mismas exactas rutinas a diario, sin saltarse un punto o cambiar su orden.

Recapitulas y te preguntas: ¿Por qué anduviste tanto tiempo desencontrada, acompañada de tan poquita cosa tan largos días, meses, años? ¿Por qué te preocupaste tanto por tanta tontería? ¿Por qué no actuaste, en vez de esperar al karma? ¿Por qué no estuviste allí?

Dichoso pretétito perfecto simple, acabado en sí mismo y tan presente sin embargo, que de simple tiene más bien poco.

Y, por otro lado, creo que llegó el momento, que ya toca, decirte, deciros, decirme, por si alguien aún no se ha enterado... Me importa una mierda, un cojón de pato, que dijo aquel y que tan bien suena. No me cuesta nada no esperar el bien para todo el mundo, que no quiere decir que espere el mal. Pero hace tiempo que dejé los pañales y no se me escapa que hay gente que merece alguna enseñanza en la vida, que va tocando. Y es vox populi que las enseñanzas rara vez se aprenden a través de gratas experiencias (y si es así, es porque sabes ponderarlas después de unas cuantas muy malas).

Con todo esto quiero decir que, si considero que mereces mi atención, mi ayuda, mi amabilidad, mis palabras, mi respeto, mi bondad (que la hay, por mucho que todo el mundo dude) y mi buen carácter, pues ahí te queda. Es cosa tuya si lo disfrutas o no, si lo valoras o lo "mandas a la papelera de reciclaje". Pero, por lo mismo, si considero que mereces una respuesta, mi actitud severa, mi silencio, mi desprecio y mi sana ira, pues te la comes. Y también me da igual que haces con ella. Porque yo vivo para mí y adoro cada uno de los rasgos de mi personalidad, incluso los que a veces actúan a mis espaldas (¡Qué sabios y qué malditos son al mismo tiempo!).

Dedicado a todos/as aquellos/as que algún día conocí.
Este es mi regalo de pre-cumpleaños.



lunes, 18 de septiembre de 2017

Recuerdo de domingo...

No siempre que pasa tu vida ante tus ojos quiere decir que estás pronto a la muerte. De hecho, no tengo prueba de que pase en esos casos. Pero sí la tengo de que hay veces, las más proclives se parecen a un domingo, en que si no toda, sí pequeños flashes de tu vida se acontecen como recuerdo de capítulos anteriores en una serie muy familiar.

Lo que rara vez me ocurría, no me ha ocurrido hasta hoy, de hecho, es que pudiera escoger qué flashes recrear y cuáles simplemente dejar pasar de largo como quien avanza una reproducción desplazando la barra con el cursor. He disfrutado desgranando momentos que aún comparto y que agradezco compartir con quien los creó conmigo.

Hoy seleccioné los momentos a recordar y al terminar vinieron a mí antiguos versos de manos triste y paradójicamente sibilinas (¿cuánta sinceridad esconde el verso del mentiroso?). Sus sonetos dedicados ya no significan nada, pero ahora me doy cuenta de que un verso se me remueve en los párpados de vez cuando y desde hace unos días. Será nostalgia, por su contenido, de la tierra a que hacen referencia, o será que mi mente entiende que una regresión mnemotécnica pasa por relacionarlo absolutamente todo.

En cualquier caso, se repite como un miserere y no le encuentro significado; así que lo pongo como música de fondo y continúo mi recuerdo de domingo desde tierras altamente bárbaras estos días. Tal vez aquellos poemas, que me unieron a un alma que aún dudo que haya existido, sean los que construyeron en mí lo que a día de hoy ofrezco. Y quienes se me acercan con duda, salen de mí, como me gustaría a mí salir de aquel verso y de todo este recuerdo: con la calma de una tarde de domingo que, de pronto, se acaba.

"He vuelto a ti, mar de mis entrañas"


viernes, 21 de julio de 2017

Cambios

Lo peor, para mí, es saber que van a llegar pero que aún no lo hayan hecho. Nunca he tenido miedo a los cambios, cuando han ocurrido, el resultado siempre ha sido mejor de lo que yo esperaba; de hecho, mis miedos han radicado siempre en que los resultados serían malos, nunca en que no pudiera hacer frente al cambio en sí.

Me gusta el cambio, he llegado a la conclusión de que hay facetas de la vida que deben estar en constante cambio para que el tedio no se apodere de la mente y acabemos todos desquiciados y/o deprimidos. Cada uno escoge esta aventura en la faceta de la vida que mejor le parece: relaciones, trabajo, creencias, experiencias...

Pero he aquí que los grandes cambios tienen dos modos de presentarse, en apariencia: de repente, como si de haber apretado el botón de los canales del mando se tratara; o avisando, como el llamado "sol de la bruja", que avecina un chubasco importante. En realidad, rara vez el cambio aparece sin avisar, otra cosa es que nosotros no hayamos sido capaces de verlo venir.

Y ese, ese momento que puede durar unos días o unos meses o a veces años, ese es, para mí, el peor punto de todo cambio: cuando está por ocurrir. No haces planes en el momento previo al cambio, porque, ¿de qué va a servir? No puedes organizar lo que ocurrirá después del cambio, porque ¿y si no suceden luego las cosas como esperabas? Solo te queda vivir el momento, y eso está muy bien, pero incluso viviendo el momento, hay cosas que tienden a proyectarse hacia el futuro.

Heme aquí, pues, esperando un cambio que viene avisando desde hace ya un año. Un cambio que he negado, deseado, aborrecido y aceptado numerosas veces. No me disgusta el cambio, quiero ver qué hay detrás de esa puerta que aún no se ha abierto, el pomo me quema ya en las manos. No me asusta el cambio, he tenido tiempo de sobra para prepararme y sé que cualquier escenario es posible. Mi único miedo, como he dicho antes, es que el resultado no sea el que espero y que este cambio no me convierta en quien vengo buscando ser desde hace unos años.

Pero, mi anterior gran cambio funcionó. ¿Por qué no ha de hacerlo este?


domingo, 9 de abril de 2017

Domingo

Y es domingo, pero no es un domingo cualquiera.. Es uno de esos domingos en los que descansas de todos esos pensamientos en los que no has querido detenerte por días o semanas. Porque no has querido pasar a través de ellos, simplemente, has querido pasar de ellos.
Y llega un domingo en que te toca, quieras o no, descansar de verlos pasar y quedarse mirándote extrañados; es probable que ya ni siquiera los recuerdes todos, pero a grandes rasgos, ese estado de ánimo que te provocan te ha venido acompañando levemente hasta que hoy se ha hecho dueño de ti.

Y como es domingo, caes, porque un lunes no puedes levantarte a las seis de la mañana cargando todavía con todo ellos. Caen sobre tus hombros como pesan los deseos incumplidos, como se cargan los años y la tristeza de sus diferentes pérdidas. Y el domingo te resulta largo y corto a partes iguales, porque lo es; es tedioso comprender que mañana volverás a las mismas rutinas que intentas, o quizá no, cambiar de lunes a viernes.

Y entonces recuerdas, casi siempre lo malo, que, sin embargo, se cubre de un velo de nostalgia que te sorprende. Sabiendo a ciencia cierta que todo pasado no fue mejor y que lo mejor está por venir, o así rezan los tópicos, a pesar de todo, caes, porque es domingo y los domingos, que no vas a misa, son tus fiestas de guardar. Y no rezas, pero sopesas. Y lo peor, es que no hay un EGO TE ABSOLVO ni un AMÉN que te arregle el domingo, ni el que viene, ni el último de tu vida.

Y apechugas, porque es domingo, que es como otro día cualquiera, muy a tu pesar... Domingo y nada más.

Lucía Fdez. Segura - Santander, 2007


domingo, 15 de enero de 2017

Alumbramiento (Deslumbramiento) II

Y día a día, semana a semana y cada una de las medidas de tiempo que al lector se le ocurran, se va produciendo el lento, pero no por ello ineficaz, proceso de deslumbramiento.

Un personaje, como si estuviera escrito por un autor cualquiera, con las características básicas marcadas y con un margen de maniobra más o menos amplio, dependiendo del cuidado que se tenga que poner, aparece ante la deslumbrada de turno, que hoy llamaremos Y.

En manos de un psicólogo en ciernes, este personaje podría enmarcarse en lo que el doctor Gregorio Marañón tanto y tan bien definió en sus estudios y que tantas alegrías ha dado a nuestra Literatura: el síndrome del Don Juan.  


Y aquí hago un alto en el camino para indicarle a cualquier lector que por aludido se haya dado que, si le queda algo de sano juicio, no entienda, ni por asomo, estas palabras como fruto de rencor alguno, pero que tampoco, por favor, se sienta halagado por ellas, pues recogen un terrible estado mental del cual pocos salen y, si lo hacen, rara vez sanos y salvos.

Este síndrome es bastante abundante entre el público masculino y suele ser escondido por el fememino cuando se ha visto embebido, atrapado, traicionado por él. Pero Y. se ha atrevido a contar su historia, Y. quiere evitarle a quien quiera que se lo eviten, el dolor, la frustración y la pérdida absoluta de tiempo y esfuerzo que solo se pueden ver compensadas por toda la enseñanza que cualquier vivencia nos deja.
Escuhemos, pues, o leamos, las confesiones de Y.
...

Paciencia (Parte I)

Suelo recurrir con frecuencia a explicar cualquier término de mi lengua materna buscando su etimología. Así, todo su significado, el actual y el original (pasando por todos aquellos que haya podido tener), cobran sentido y puedo entender el desarrollo de esa palabra y por qué, en muchas ocasiones, tiene matices que, a primera vista, parece no contener, pero si ahondamos descubrimos que, por alguna razón que se escapa, nuestro instinto va allí donde nuestro conocimiento aún no ha llegado (y problamente el primero guíe al segundo para llegar).

...
El término español "paciencia" proviene del latín y deriva del término PATIENS, participio activo del verbo protoitálico PATI/PATIOR cuyo significado es "sufrir".
Se suele utilizar esta acepción cuando hablamos de los pacientes en términos de salud (aquel que sufre una enfermedad), pero rara vez denota de este modo cuando nos referimos al que espera.

En nuestra actual sociedad (y probablemente desde hace muchísimos años), la paciencia es considerada un don que aporta la madurez y/o el tiempo. Se asume que los niños y adolescentes no son pacientes por naturaleza y que los adultos deben serlo; el arte de "saber esperar", lo llaman, y se le atribuye al que es paciente una especie de estado espiritual próximo a la meditación y la armonía de los chakras. A día de hoy, además, parece que es una cualidad que escasea por culpa de la educación en lo inmediato que los actuales padres están proporcionando a sus hijos, o eso dicen.



A mi modo de ver, la paciencia es, efectivamente, una cualidad encomiable y que permite proceder en la vida con cierta tranquilidad ante los hechos futuros, sin embargo, considero que se trata de una cualidad harto peligrosa si no se dosifica o se establecen sus límites razonables. Esto es: en mi opinión, la paciencia proviene de dos sentimientos distintos. Uno de ellos es la esperanza; tenemos esperanza por que lo que ha de venir sea como esperamos y simplemente, pues eso, esperamos. El otro es la asunción; asumimos que lo que tenga que venir vendrá, sea como sea, y simplemente, pues eso, esperamos.

En ambos casos, aparentemente, poco o nada podemos hacer por el devenir de los acontecimientos y dejamos a una especie de deus ex machina resolver aquello que está en el aire. ¡Y qué cómodo puede resultar! Supongo que el que se acostumbra a la paciencia tiene la conciencia tranquila ante lo que pueda ocurrir puesto que escapa a su control: 
"La paciencia es la fortaleza del débil y la debilidad del fuerte" (Inmanuel Kant)

Y yo me pregunto: ¿Por qué debemos dejar que las cosas sigan ocurriendo y, con suerte, en algún momento den los frutos esperados? ¿Acaso revolverse en el sitio por tener que esperar cuando ya nos sentimos preparados es ilícito? Salimos a buscar lo que nos pertenece por puro y duro esfuerzo vital y... SORPRESA, hay lista de espera, y parece que los requisitos han cambiado.

¿Y si llevas años esperando y te has hartado de que sea otro (Dios, el primer motor, Stephen Hawking o el perro del vecino -con todo respeto-) el que decida cuándo es tu momento?

Les dejo "considerando en frío, imparcialmente", estas dudas, quizá este no sea el mejor momento para resolverlas, sean pacientes.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Alumbramiento (o pre-deslumbramiento) I

Sabina decía en una de sus canciones que "la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido...". Y hace no mucho tiempo hubiera secundado estas palabras a modo de miserere; pero ha llegado el día en que, sin embargo, la vida cobra sentido.

Todo comienza con el alumbramiento, y podría decirse que hablamos de términos literales y figurados, porque una persona nace, para otra, dos veces: cuando realmente comienza a existir en el mundo y cuando comienza a existir en tu mundo. Desconocemos las circunstancias del primero, pero no se nos escapan las del segundo. En este caso, el alumbramiento fue la tormenta perfecta, contenida en un océano de incomprensión juvenil, de soledad, de inteligencia incipiente y no por ello de falta de inocencia.

En este estado, lo que el alma demanda no es sino comprensión y atención. El alumbramiento se da, pues, con la dosis exacta, imprescindible, de ambas. 

Y en el mismo momento en que el alumbramiento da comienzo, nace una deslumbrada.


sábado, 12 de noviembre de 2016

En este tiempo maldito (de distancia)

17 de octubre de 2016

A R.

Quizá el alma se rompa y sus cristales se disparen
hacia lugares comunes como el sueño que los provoca.

Quizá la lluvia no limpie nunca la sangre
que empaña un futuro previsto.

O la luna ilumine olas que vuelven
y que mojan tus pies, descalzos y tristes,
desnudos y solos.

Porque el dolor penetra la cima más profunda,
cala los ojos más secos, por llorados.

La espera que murió un tercero frío de un año ajeno,
el pálpito que enciende el recuerdo joven,
y lo vive, como el tiempo reescribe los momentos lejanos
que nunca debieron ocurrir.

Y el encuentro que nos brinda este pasado tan previo
ha encarcelado mi luz en tu boca,
tu inocencia en mis brazos.

Ojalá mi amor retenga lo que te han arrebatado.


martes, 10 de mayo de 2016

Evaluando

  Ahora que se acerca el verano, ahora que ha pasado tanto el tiempo, me encuentro a veces haciendo balances que nadie me pide y que yo no me recomendaría hacer si fuera otra persona. Balances de futuro, que son complejos porque abarcan lo inefable de lo porvenir y lo frustrante de lo que sabemos que ocurrirá, hagamos lo que hagamos. Balances de presente que nos posicionan momentáneamente en un estado pletórico y que después nos hunden hasta equilibrarnos en un imperfecto estado de sitio. Y balances de pasado, inútiles, por cuanto no aportan nada al momento ocurrido sino al recuerdo presente del mismo; frágiles, por cuanto cambian conforme a nuestro estado de ánimo; y sin embargo pesados, ya que permanecen, aun en el agotamiento diario, aun en la lógica del marchito tiempo que todo lo comprueba y corrobora.

  Y en ese cíclico intento por que lo que fue haya sido de otra manera a base de pruebas presentes, a base de recapitulaciones, a base de pausas y, necesariamente, a base de olvidos, el alma se cubre de algún sentimiento más que de otro. Ocurre lo mismo con la línea hacia la que vamos, cuyo horizonte mortal nos forzamos a ignorar para no comprobar la estupidez de nuestro día a día; ocurre lo mismo: el alma escoge un sentimiento para determinar qué hacer cuando ese entonces llegue.

  Se antoja problemático, sin embargo, que ambos caminos, el cíclico pasado y el lineal futuro, resulten en el mismo sentimiento y que ese sentimiento envuelva un presente más o menos largo, más o menos cansado y más o menos estable. 

  Porque, ¿qué hacer cuando la tristeza te persigue desde tu pasado y te acompaña hacia el futuro? ¿Huir?


viernes, 11 de marzo de 2016

Pasternak obliga

Por fin, mi cita con la cuesta Moyano tomó forma; ahora sí, me reencuentro con Madrid definitivamente y este es ya mi hogar, aun cuando hacía días que he recogido mi carné de lectora de la red de bibliotecas de Madrid.

Y el primer libro que recogen mis manos, miento, el segundo (el primero es de Félix de Azúa), es la "Antología de urgencia" de Boris Pasternak. 

Recojo hoy, para el recuerdo venidero y por el recuerdo pasado, que abrazan el presenten y a veces lo entristecen o lo exaltan, este "Cita", y que cada uno extraiga sus propias conclusiones:

CITA
Borrará la nieve los caminos,
cubrirá los aleros.
Yo iré a desentumecer los pies:
Detrás de la puerta estás tú.

Sola, con tu abrigo otoñal,
sin sombrero, sin chanclos,
luchas con la emoción
masticando la nieve.

Los árboles y los cercados
se pierden en la lejanía, en la bruma.
Sola, entre la nevada que cae,
tú permaneces en la esquina.

Chorrea el agua desde el pañuelo
por las mangas, entra por los puños,
y, en gotas, la escarcha
brilla en tus cabellos.

Humedece la nieve tus pestañas,
en tus ojos hay tristeza,
y toda tu figura está tallada
en un solo bloque.

Como con un hierro
templado en un baño de antimonio
te grabaron en forma de herida
en mi corazón.

En él ha quedado asentada para siempre
la sumisión de estos rasgos;
gracias a ellos no tiene importancia
que el mundo sea cruel.

Gracias a ello se desdobla
toda esta noche en la nieve
y, trazar fronteras,
no puedo entre nosotros.

Sin embargo, ¿quién somos y de dónde,
cuando de todos aquellos años
solo restan las murmuraciones,
mientras que nosotros no estamos ya en el mundo?

domingo, 10 de enero de 2016

Intimidad (recobrada)

En ocasiones, la vida nos reencuentra con pasados juveniles, con recuerdos vergonzosos, inocentes y mantenidos. En ocasiones, la vida nos reaparece allí donde la dejamos, al menos una parte, para reescribirla y, esta vez sí, adornarla con los verbos que no nos atrevimos a utilizar entonces.
Es curioso que sea a través de Mario (Benedetti) que los pensamientos toman forma en almas distintas a las de ayer, pero semejantes a las de antaño.



Intimidad
Soñamos juntos
juntos despertamos
el tiempo hace o deshace
mientras tanto

no le importan tu sueño
ni mi sueño
somos torpes
o demasiado cautos

pensamos que no cae
esa gaviota
creemos que es eterno
este conjuro
que la batalla es nuestra
o de ninguno

juntos vivimos
sucumbimos juntos
pero esa destrucción
es una broma
un detalle una ráfaga
un vestigio
un abrirse y cerrarse
el paraíso

ya nuestra intimidad
es tan inmensa
que la muerte la esconde
en su vacío

quiero que me relates
el duelo que te callas

por mi parte te ofrezco
mi última confianza

estás sola
estoy solo
pero a veces
puede la soledad
ser una llama

Mario Benedetti

Víctimas y verdugos

o Cambio de temporada

Llámese como mejor le convenga al lector, dependiendo de su estado anímico, su momento vital o de si hoy domingo por la mañana le acompaña una buena resaca o, por el contrario, ha amanecido hace ya unas horas fresco como una rosa.
Y, si bien ambos títulos no comparten absolutamente nada a nivel semántico, resulta que llegan de la mano conclusiones que afectan a uno y otro por igual. 

Hay un cambio de temporada, eso es evidente, y no porque hayamos entrado en un nuevo año, que también, ni siquiera porque haya comenzado, finalmente, la época de frío, que también. Hay un cambio de temporada que sobreviene obligadamente a un cambio, primero repentino, después gradual, en las circunstancias vitales. Y estos cambios, a su vez, han resultado en esas conclusiones que no por injustas vayan a ser sorprendentes.

No me sorprende, a estas alturas, que víctimas y verdugos sean unos u otros según el palco desde el que se mire. Lo que sí me sorprende es encontrarme adoptando en ocasiones breves, pero ocasiones al fin y al cabo, el papel que no me corresponde. Por supuesto que en las relaciones humanas, mejor dicho, cuando las relaciones humanas se trastocan, víctimas somos todos, de algún modo. Sin embargo, lo que hay que discernir es de quién somos víctimas: ¿de otras personas o de nosotros mismos? O quizá, de nosotros mismos siempre, y además, a veces, también de otras personas.

Yo me encuentro en esa tesitura de, momentáneamente, pedirle perdón al verdugo, no a ese que tengo dentro, o que tenía, y con quien hice las paces hace ya tiempo, aunque pueda ser quien me presiona a pensarme verdugo a mí misma. Como digo, pedirle perdón a ese verdugo externo, que no sé muy bien por qué debe disculparme. Desconozco qué argumentos esgrime mi cabeza para generar culpa en momentos que, tras meses, quizá años, puedo decir que son de franca felicidad. ¿Por qué he de sentirme culpable por retomar "una vida que huía de nosotros"? 
Sé que permanece un poso de irresolución, un poso de falta de verdadero final, un suspense que a mi cabeza de guionista de cine comercial parece no venirle nunca bien, parece no resultarle suficiente. En mi más profundo consciente, aún quiero terminar lo terminado, aún quiero resolverlo como lo imaginé; aún, y eso será así siempre, quiero finales redondos.

Un final que no me es concedido, que imagino no se me concederá y que otros no quieren escribir conmigo. Y esto tampoco me sorprende, ¿por qué querría escribir un buen final quien nunca escribió conmigo la trama que lo precedió?

La víctima y el verdugo, en la vida real, pueden ser y son una y la misma persona; y debo sentarme a mí misma en una silla interrogante para resolver con ese verdugo, esa parte que aún mantiene la trama abierta, el final de temporada. Un final que me permita cambiar a esa nueva que me aporta momentos que dejé de esperar hace meses, quizá años.

La felicidad, en mi caso, pasa por perdonar a quien no es capaz de pedir perdón, a quien no reconoce su culpa, a quien no sabe de finales redondos, a quien no sabe de finales y todo le persigue. Mi felicidad, por tanto, pasa por construir lo que nadie más puede. Y sí, te perdono, aunque no sepas ni quieras saber por qué.

domingo, 8 de noviembre de 2015

I'll be looking at the moon...

Y si no recordamos a quien se fue, sino a quien está por venir...


I'll be seeing you
In all the old familiar places
That this heart of mine embraces
All day through.

In that small cafe;
The park across the way;
The children's carousel;
The chestnut trees;
The wishin' well.

I'll be seeing you
In every lovely summer's day;
In every thing that's light and gay.
I'll always think of you that way.

I'll find you
In the morning sun
And when the night is new.
I'll be looking at the moon,
But I'll be seeing you.

I'll be seeing you
In every lovely summer's day;
In every thing that's light and gay.
I'll always think of you that way.

I'll find you
In the morning sun
And when the night is new.
I'll be looking at the moon,
But I'll be seeing you.

domingo, 25 de octubre de 2015

No habrá paz...

No en las calles o las plazas de esta ciudad, donde los pasos recuerdan también otros viajes, ciudades con nombre, tu nombre. Ni en cada rostro, cada palabra en el aire de la gente que pasa, cada paraguas roto en una papelera triste. Tampoco en este sol que sostiene el otoño entre sus rayos, que va dejándonos sin la libertad del viento que nos empujó a alejarnos.

No habrá paz en la costumbre que esté por venir, ni en mi paciencia joven, ni en tu vieja inquietud; en el intento absurdo de aplacar la ira dando los mismos pasos, por las mismas agendas, como si repetirlos borrara su sentido, su infinito sentido de amor triste, sincero y triste, y único.

No habrá paz aunque los días continúen su paso calmo y queda, su estrepitoso argumento a favor de lo que tuvo que ser. Aunque la vida entienda el gran favor que gana por la persona que pierde, y doy fe de que lo entiende. 

No habrá paz... Y sin embargo el cuerpo se prepara, se revuelve e insiste en combatir, se desgasta en comprensiones que le son ajenas, lucha, en busca del momento en que gritar sus razones, porque está seguro de que no lo entiendes, de que estás perdiendo, de que te has salvado. 

No habrá paz y el alma reserva un espacio, pequeño, casi imperceptible, para guardar esa guerra que quiere mantener contigo, porque habéis perdido ambos: ella su claridad y tú las alas. Y en ese espacio se recoge algunas noches, para arañar rincones y cerrar persianas. Y ese espacio, esa guerra, todo lo que no es paz, sabe a ti.



domingo, 4 de octubre de 2015

Interruptores

Hace unos meses, en otra vida en realidad, tuve que cambiar un interruptor porque, por hache o por be, el anterior había acabado roto (la verdad es que no me gustaba nada aquel modelo). Se trataba de un interruptor que, meses después, descubriría que no volvería a pulsar jamás. 
Este interruptor, sin embargo, es otra de esas muchas cosas que han terminado siendo un aprendizaje, como no podía ser de otra forma, y por eso tuve que ser yo quien cambiara el interruptor (bien es cierto que nadie más lo haría si no, para qué engañarnos a estas alturas).

Para que nos entendamos, ocurría que aquel interruptor encendía una luz de techo y otra de pared por lo que, tanto el original como aquel por el que iba a ser cambiado, eran interruptores dobles. No obstante, debido a mi por entonces desconocimiento sobre la materia, compré el nuevo considerando exclusivamente que a simple vista dispusiera dos interruptores en una sola caja de luz, como así fue.

El día que me dispuse a cambiarlos estaba sola; para mi sorpresa, era en ese estado en el que yo me sentía más útil, puesto que no tenía que sentir vergüenza por ser más útil que nadie a mi alrededor. Saqué mi cajita de destornillador y cabezales intercambiables con imán -a esta sí que la echaré de menos, siendo como va a ser tan poco utilizada- y me dispuse a desatornillar y desmontar el interruptor viejo. No hubo ningún problema.

Y ahí estaba, al desnudo, tres cables blancos, indefinidos, pelados, absurdos. Lo primero que pensé al verlos fue: siendo cada uno tan insulso como los otros dos, cómo voy a saber dónde conecto cuál. Pero ese no era mi problema mayor y realmente el desconocimiento es tan valiente que no pensé, ni por asomo, marcar los cables de algún modo.


Conecté dos y un interruptor encendía una de las luces. Conecté el tercero y el interruptor encendía y apagaba las luces alternativamente. Algo fallaba, había conectado todo, tenía todo aparentemente controlado, colocado en su sitio, los cables parecían estar a gusto en sus correspondientes huecos... Pero algo fallaba. 

Algo estaba siempre encendido, pero también algo estaba siempre apagado. No había oscuridad pero tampoco una luz completa. Ahora la luz del techo sólo podía funcionar si la de la pared estaba apagada y viceversa. Eran luces claramente incompatibles. 

La solución vino en forma de llamada a un experto en esto de los cables, la luz, la electricidad y lo que falla; que siempre falla por algo. Mi labor era encontrar la naturaleza de cada cable, identificar su función, señalar su origen. Pero me faltaba algo. Me faltaba algo que uniera la fuente de energía con la que satisfacer las necesidades de cada interruptor, y que pudieran estar apagados o encendidos ya fuera a la vez o por separado. Armonía dentro de un interruptor doble que deje salir la vida por donde fuera necesario, sin que uno de ellos tuviera que vivir siempre sin el otro.

La solución fue un cable puente, de color gris. Un cable puente chiqutín que no ocupara mucho espacio dentro de la caja del interruptor, porque los cables que ya había allí lo llenaban todo, de manera caótica e insulsa. Ese cable puente lo puso todo en orden. Su origen era desconocido, pero seguro que no procedía del mismo sitio que los otros cables, blancos, acurrucados incómodamente como un bebé no nato de nueve meses.

Y he aquí el aprendizaje: cuando dos cables no pueden funcionar en la misma honda y uno debe apagar para que el otro encienda, no hablamos de un interruptor doble, hablamos de dos interruptores simples. Es necesario encontrar ese cable, de origen desconocido, que lo armonice todo. Y si no hay cable, no puedes volver a usar ese interruptor jamás. Como hice yo.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Punto de partido

Si algo no ha perdido Woody Allen con los años es su capacidad de escoger la mejor de las músicas para sus películas. Con Match point hizo un trabajo magnífico. Aquí una muestra.

Y aquí la letra:

Mi par d'udire ancora
o scosa in mezzo ai fior
la voce sua talora
sospirare l'amor!

O notte di carezze,
gioir che non ha fin,
o sovvenir divin!
Folli ebbrezze del sogno, sogno d'amor!

Dalle stelle del cielo
Altro menar che da lei,
La veggio d'ogni velo,
Pender li per le ser!

O notte di carezze!
gioir che non ha fin,
o sovvenir divin!
Folli ebbrezze del sogno, sogno d'amor!

Divin sovvenir, divin sovvenir!

Carta de amor... a uno mismo


viernes, 25 de septiembre de 2015

A mí me gustan las personas curvas...

Hay enseñanzas que llegan de quien menos imaginas, muchas veces sólo permanecen esas enseñanzas y las personas ya no están ni se las espera. Y esta en concreto, debo agradecérsela a "Biff Loman".


Las personas curvas


Mi madre decía: a mí me gustan las personas rectas

A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo
y la tierra es curva
y el movimiento es curvo;
y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos,
los sentimientos curvos;
la ebriedad: es curva;
las palabras curvas:
el amor es curvo;
¡el vientre es curvo!;
lo diverso es curvo.

A mí me gustan los mundos curvos;
el mar es curvo,
la risa es curva,
la alegría es curva,
el dolor es curvo;
las uvas: curvas;
las naranjas: curvas;
los labios: curvos;
y los sueños; curvos;
los paraísos, curvos
(no hay otros paraísos);
a mí me gusta la anarquía curva.
El día es curvo
y la noche es curva;
¡la aventura es curva!

Y no me gustan las personas rectas,
el mundo recto,
las ideas rectas;
a mí me gustan las manos curvas,
los poemas curvos,
las horas curvas:
¡contemplar es curvo!;
(en las que puedes contemplar las curvas
y conocer la tierra);
los instrumentos curvos,
no los cuchillos, no las leyes:
no me gustan las leyes porque son rectas,
no me gustan las cosas rectas;
los suspiros: curvos;
los besos: curvos;
las caricias: curvas.

Y la paciencia es curva.

El pan es curvo
y la metralla recta.

No me gustan las cosas rectas
ni la línea recta:
se pierden
todas las líneas rectas;
no me gusta la muerte porque es recta,
es la cosa más recta, lo escondido
detrás de las cosas rectas;
ni los maestros rectos
ni las maestras rectas:
a mí me gustan los maestros curvos,
las maestras curvas.
No los dioses rectos:
¡libérennos los dioses curvos de los dioses rectos!

El baño es curvo,
la verdad es curva,
yo no resisto las verdades rectas.
Vivir es curvo,
la poesía es curva,
el corazón es curvo.
A mí me gustan las personas curvas
y huyo, es la peste, de las personas rectas.


Jesús Lizano

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