miércoles, 7 de marzo de 2018

Yo también lo dije...

...aquello de: "Yo no soy feminista, busco la igualdad". El absurdo hecho frase por cuanto demuestra el deficiente conocimiento del término en sí.


Hace unos años, una ¿feminista? me odiaba vaya usted a saber por qué, e interrumpía mi discurso cada vez que olía un posible atisbo de discriminación hacia algún sujeto del colectivo femenino (aunque ella hiciera la vista gorda hacia la basta discriminación que un allegado hacía de una buena parte del mismo).

Pero es que hace unos años también yo odiaba a esa buena parte del colectivo femenino, porque estaba involucrada en mi relación de pareja. No será hoy el día en que aleje de ellas toda culpa, en su justa proporción a cada una de ellas, pero sí alejaré la culpa de la absurda justificación de que la causa fuera su género. Baste para acotar y como curiosidad, decir que el adjetivo "culpable" no termina ni en "-o" ni en "-a", ¡qué cosas, oiga!


En ese entonces, el movimiento feminista me parecía una pataleta, una revolución producida por el despecho; no pude estar más equivocada. El despecho solo te proporciona una mecha, la dirección que tome depende de tus ideales, de tus convicciones.

Tampoco recibí una educación especialmente feminista. Como la de todo el mundo, o casi, supongo, mi educación, en casa y fuera de ella, tuvo sus tintes machistas. No daré detalles porque involucrarían rasgos de personas que no soy yo, pero podéis entender el contexto con algunas puntadas: años 90, educación pública (por tanto, mixta), acceso a televisión, móvil a partir de los 14 (compartido hasta años después con mi madre), ordenador personal más o menos por la misma época, sufrí acoso en la adolescencia (por parte de una mujer, cabe aclarar)... Poco más que contar para este caso.
En mi apreciación personal, mi desarrollo no se vio marcado en demasía por el hecho de ser mujer. Subjetivamente no puedo decir que me despreciaran por serlo. Pero hay pequeños atisbos de lo que a día de hoy lucho por eliminar de la rutina diaria: "Mandona", me lo han llamado mucho. Nunca oí a nadie decírselo a un hombre. Resulté motivo de burla en el instituto cuando defendía mis ideas en clase de Filosofía, casi siempre por parte de hombres, aunque probablemente aquí se uniera la falta de interés por la asignatura. Yo también me enfadé con la amiga de turno porque se llevaba a los tíos de calle porque tenía o enseñaba más las tetas; no era consciente de que la víctima no era yo, ¡bendita inocencia!

Y fueron comenzando los coletazos: 
- En principio, no quiero tener hijos.
- Ya querrás. A ver qué dices con los años... Yo tampoco quería.

Conversación repetida hasta en la sopa, desde los 15 años hasta hoy. Hay muchos motivos detrás de mi pensamiento, no se trata simplemente de que mi reloj biológico aún no haya sonado, es más, soy consciente de que cuando suene tendré que librar una de las batallas más duras en la vida de una mujer actual. Mi mundo llega más lejos que mis instintos primitivos, por suerte y por desgracia.

El miedo a volver a casa sola. A caminar de noche sola por cualquier lugar. 
Las dudas a intervenir en una conversación de manera activa. El cabreo porque se menospreciara mi intervención (dudas de por qué motivo se hacía). Y eso lo digo a sabiendas de ser una de las personas que menos se corta a la hora de dar su opinión.
El pudor incluso a vestir una ropa u otra por temor a que se me tome menos en serio. 

En un grupo de amigos de Whatsapp del que formo parte, se siguen enviando fotos de tetas, culos o chistes machistas (y no solo por los hombres) y aún hoy es el día que no consigo recriminarle nada a quien los manda. Siempre me digo: ¿merece la pena? Supongo que sí, pero me consuelo sabiendo que quien verdaderamente me acompaña no lo haría.

Soy una feminista cobarde. Porque no me atrevo a alzar la voz siempre que lo considero oportuno. Por no resultar pesada, para que no me consideren despechada (la de veces que he querido denunciar a voz en grito lo que se esconde detrás de según qué personas), para "tener la fiesta en paz"... Hace poco he tomado la determinación de no callarme tanto. El primer fruto fue la pérdida de un ¿amigo? Resultó no serlo en absoluto y tener poca madurez, además de unas ideas bastante peregrinas.

Y todavía me siento un poquito culpable por no tener trabajo aún (no por falta de búsqueda), después de varios meses viviendo en otra ciudad. Mi pareja no me presiona, y sin embargo hay constantes dudas sobre qué haré en el futuro y cómo manejaré mi independencia si continúo así por mucho más tiempo. Aún me siento indefensa pensando que "solo" soy ama de casa.
En definitiva, trato de luchar frente a la vida como mujer y como persona al mismo tiempo (no puedo desligar una de otra en la práctica, pero a veces las separamos demasiado en la teoría). De lo que sí me enrogullezco es de que cada día que pasa tengo que luchar menos contra mis propios pensamientos machistas; sé identificarlos, encontrar la causa y desvanecerlos.

Porque el feminismo no es, para mí, un movimiento externo al que deba adherirme. El feminismo es SENTIDO COMÚN.


domingo, 4 de marzo de 2018

De nuevo, domingo...

No sé qué comen los domingos pero sus deshechos son siempre memoria, recuerdos. Acostumbran a anunciarse a lo largo de la semana de modo casi imperceptible, pero estoy muy acostumbrada a notarlos, casi como cuando uno se está resfriando.

Aquí no valen absurdos remedios, como pegarse un chute de vitamina C pensando que así el catarro se va a asustar y marcharse por donde vino. Qué va, aquí lo único que vale es recibir el domingo con familiaridad. Uno solo escapa del domingo cuando ya ha sido domingo otro día de la semana, no hay cupo para dos domingos en siete días.

Ayer me cabreaba por anticiparme al domingo y encontrarme recordando lo que no viene a cuento. No es que me niegue al recuerdo, es necesario, cuanto menos, para no repetir lo que ya una vez nos hizo daño. Y aunque en mi memoria se agolpen numerosos acontecimientos del pasado, siempre hay algunos que parecen robar protagonismo a esas recopilaciones vitales que hacemos los domingos.

He dado con ello, lo que me cabrea es la inconclusión. Y la inconclusión existe porque yo la concibo, porque para mí no acaba hasta que yo lo decido. La inconclusión puede invadirlo todo, menos la muerte (cuando me toque a mí, quizá, decida que no tiene nada de conclusa). Es muy probable que todo sea siempre de algún modo inconcluso, pero hay inconclusiones que nos pican en la espalda, justo en ese punto al que nosotros no llegamos, justo ese picor que si nos rasca otro no acaba de desvanecerse del todo.

Los episodios inconclusos son picores de espalda. 

Hace ya tiempo, sin embargo, que desistí de la posibilidad de que la conclusión dependiera de mí. Pero no me basta con dejarlo en manos de otros, ¡ojalá! Nunca me he fiado especialmente de nadie, es uno de mis defectos, ese "ya lo hago yo" tan irritante. Así que en esto no podía ser de otra manera. El picor de espalda del picor de espalda podría decirse.

A sabiendas de que lo justo es muchas veces parcial, creo que hay justicias universales y que rara vez parecen llevarse a cabo. Aún hoy no sé muy bien cómo cerrar mi capítulo, supongo que continúo preguntándome asombrada por qué no tomé las riendas.

A fin de cuentas, vaya, los episodios inconclusos no lo son para con los demás, sino para con uno mismo. Y si hay alguien a quien me cueste perdonar, es a mí.

Así que cada domingo me rasco la espalda con fruición, asegurándome de que no dejo espacio para el retorno urticante. Miento, no es cada domingo, pero cuando es, es intensamente. Termina mi piel enrojecida en pequeños carriles de arañazos.

Pero, al final, lo único que concluye es el domingo... 


domingo, 28 de enero de 2018

Sí, tú también

Estaré aquí cuando dejes de juzgarme loca y te des cuenta de que sí, tú también, caíste en un círculo en el que nunca pensaste que ibas a entrar. Estaré aquí si quieres resolver dudas, corroborar sospechas y sentir que alguien más no supo manejar la situación más absurda de todas.
Estaré aquí cuando hayas llegado al rencor, al odio, cuando llegues a la indiferencia también estaré aquí. Aunque he de ser sincera y decirte que la indiferencia para mí no es una opción.

Porque cada día que pasa profundizo más en la seriedad de un asunto como este, porque, a pesar de los esfuerzos propios y ajenos, definitivamente NO es un tema baladí. Porque cuando has jugado con una baraja y te han derrotado con otra, no solo no es justo, sino que no es indoloro, para nada. Y duele, más allá de la soledad inmediatamente posterior, del sentimiento de culpa; duele incluso cuando sabes su nombre y apellidos, duele, cuando te das cuenta de que es violencia.

Y que te sientes ridícula pensando: ¿cómo va a serlo, si a mí nunca me ha pegado? Te sientes ridícula porque algunas mujeres llegan a insinuarte, si no a decirte, que cómo puedes estar comparando tu caso con "verdadera" violencia machista. Te sientes ridícula porque no has sabido ver los golpes llegar, y aún peor, porque te los has dado tú misma.


Estaré aquí cuando todo esto que ahora escribo no te resulte para nada extraño o exagerado. Estaré aquí cuando descubras que a su alrededor no hubo ni una sola figura femenina sana, fuerte y admirable. Cuando descubras que todo fue una maquinaria para mantener el statu quo; que la adoración era una plan para distraer a las mentes inquietas. 

Estaré aquí cuando dejes de odiarme (yo también las odié, a todas) y entiendas que fui una alarma silenciada. Estaré aquí porque siempre quise que alguien hubiera estado para mí, a la postre, respetando mis tiempos y admirando mi trabajo para salir adelante; porque hubiera deseado encontrarme al final del camino a alguien que entendiese por completo mi trayecto, que juzgara solo tan dura y tan suavemente como se juzgaría a sí misma. 


No negaré que encontré apoyo, un apoyo que otros verán como un tipo de locura, un apoyo que ha engendrado una amistad, porque unió dos almas que se parecían tanto... Pero yo quiero que encuentres aún algo mejor, no porque yo me considere mejor que nadie, al contrario, porque yo aguanté durante mucho tiempo en vida la mayor de las estupideces.

Porque "una y no más", por eso estaré aquí, para recordártelo.



jueves, 14 de diciembre de 2017

Ventanas sueltas

Tengo una ventana suelta en mi casa. Sí, tal como lo digo, la ventana está flotando sobre la pared, agarrada apenas por el marco superior y en volandas. El viento frío de este invierno inglés se cuela de abajo a arriba y de fuera a dentro en mi estudio.

Mi ventana en volandas, como digo, me resulta una metáfora perfecta de la vida, de la vida de algunos claro. Una ventana en volandas que sí, que queda muy bonita según se mira, pero cuando se vive, deja correr mucho aire entre tu hogar y el adverso tiempo exterior. Una ventana que cierra, pero siempre con fugas. Una ventana que, en sí, no tiene nada de extraordinario y se aferra a su único enlace con lo tangible; pero es tan frágil su unión, que un buen empujón se llevaría la ventana y un trozo de pared sin mucha dificultad.

No me gusta tener ventanas sueltas en mi casa. No me gusta tener ventanas sueltas en mi vida. Pero en uno y otro caso, ocurre que a veces el albañil que hizo el trabajo se desentiende y tienes que pagar un precio por arreglar ventanas sueltas que tú no has construido. Porque, para eso, mejor hubiera sido sellar la pared a cal y canto. Menos luz, sí, pero más calma.

O mejor aún, vivir la luz desde el exterior. Que me dejen construirme la casa, y ya pondré yo las ventanas donde me apetezca. A diferencia de algunos otros, yo sé que la casa hay que empezarla siempre por los cimientos. A diferencia de otros, mis ventanas no estarían en volandas. Pero nadie sabrá nunca distinguirlo, muy poca gente al menos. Porque, como todos sabemos, lo que bien pinta, bien está.

Y viendo casa ajena desde lejos, todo son lujos y galas. Y la prudencia no me permite soplar para que el viento derrumbe ventanas, puertas y cimientos, para que todos vean en paños menores a quien habita esa mansión de mentiras, palabras y falsa humildad.

Pero ándese con ojo, señor, que cualquier día me planto en la acera y el chiringuito se le va al garete.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Acechan... ¿y ahora qué?

Se acercan inminentemente los 28 años... Los noto venir desde hace unos meses. Y tiemblo solo de pensar que a mí, ¡a mí!, vaya a entrarme una pre-crisis de los 30. ¡Las narices! Ni pre, ni crisis, ni post. Porque, ¿de qué sirve?

¿De qué sirve poner sobre la mesa todo lo que a uno le ha venido ocurriendo hasta llegar a donde está?
¿De qué sirve apreciar que la mesa está muy vacía de algunos asuntos y demasiado llena de otros? 
¿De qué sirve darle vueltas una y otra vez a los mismos asuntos (y darse cuenta, por ejemplo, de que los domingos son ese día en que yo me encuentro siempre recordando cosas)?
¿De qué sirve acaso atreverse a pensar que otros llegaron a metas más admirables, o quizá menos, a la misma edad?

Ya lo sabéis pero os lo digo: no sirve absolutamente de nada. Pero parece que la recapitulación es una de esas manías, como el que se muerde las uñas o sigue las mismas exactas rutinas a diario, sin saltarse un punto o cambiar su orden.

Recapitulas y te preguntas: ¿Por qué anduviste tanto tiempo desencontrada, acompañada de tan poquita cosa tan largos días, meses, años? ¿Por qué te preocupaste tanto por tanta tontería? ¿Por qué no actuaste, en vez de esperar al karma? ¿Por qué no estuviste allí?

Dichoso pretétito perfecto simple, acabado en sí mismo y tan presente sin embargo, que de simple tiene más bien poco.

Y, por otro lado, creo que llegó el momento, que ya toca, decirte, deciros, decirme, por si alguien aún no se ha enterado... Me importa una mierda, un cojón de pato, que dijo aquel y que tan bien suena. No me cuesta nada no esperar el bien para todo el mundo, que no quiere decir que espere el mal. Pero hace tiempo que dejé los pañales y no se me escapa que hay gente que merece alguna enseñanza en la vida, que va tocando. Y es vox populi que las enseñanzas rara vez se aprenden a través de gratas experiencias (y si es así, es porque sabes ponderarlas después de unas cuantas muy malas).

Con todo esto quiero decir que, si considero que mereces mi atención, mi ayuda, mi amabilidad, mis palabras, mi respeto, mi bondad (que la hay, por mucho que todo el mundo dude) y mi buen carácter, pues ahí te queda. Es cosa tuya si lo disfrutas o no, si lo valoras o lo "mandas a la papelera de reciclaje". Pero, por lo mismo, si considero que mereces una respuesta, mi actitud severa, mi silencio, mi desprecio y mi sana ira, pues te la comes. Y también me da igual que haces con ella. Porque yo vivo para mí y adoro cada uno de los rasgos de mi personalidad, incluso los que a veces actúan a mis espaldas (¡Qué sabios y qué malditos son al mismo tiempo!).

Dedicado a todos/as aquellos/as que algún día conocí.
Este es mi regalo de pre-cumpleaños.



lunes, 18 de septiembre de 2017

Recuerdo de domingo...

No siempre que pasa tu vida ante tus ojos quiere decir que estás pronto a la muerte. De hecho, no tengo prueba de que pase en esos casos. Pero sí la tengo de que hay veces, las más proclives se parecen a un domingo, en que si no toda, sí pequeños flashes de tu vida se acontecen como recuerdo de capítulos anteriores en una serie muy familiar.

Lo que rara vez me ocurría, no me ha ocurrido hasta hoy, de hecho, es que pudiera escoger qué flashes recrear y cuáles simplemente dejar pasar de largo como quien avanza una reproducción desplazando la barra con el cursor. He disfrutado desgranando momentos que aún comparto y que agradezco compartir con quien los creó conmigo.

Hoy seleccioné los momentos a recordar y al terminar vinieron a mí antiguos versos de manos triste y paradójicamente sibilinas (¿cuánta sinceridad esconde el verso del mentiroso?). Sus sonetos dedicados ya no significan nada, pero ahora me doy cuenta de que un verso se me remueve en los párpados de vez cuando y desde hace unos días. Será nostalgia, por su contenido, de la tierra a que hacen referencia, o será que mi mente entiende que una regresión mnemotécnica pasa por relacionarlo absolutamente todo.

En cualquier caso, se repite como un miserere y no le encuentro significado; así que lo pongo como música de fondo y continúo mi recuerdo de domingo desde tierras altamente bárbaras estos días. Tal vez aquellos poemas, que me unieron a un alma que aún dudo que haya existido, sean los que construyeron en mí lo que a día de hoy ofrezco. Y quienes se me acercan con duda, salen de mí, como me gustaría a mí salir de aquel verso y de todo este recuerdo: con la calma de una tarde de domingo que, de pronto, se acaba.

"He vuelto a ti, mar de mis entrañas"


viernes, 21 de julio de 2017

Cambios

Lo peor, para mí, es saber que van a llegar pero que aún no lo hayan hecho. Nunca he tenido miedo a los cambios, cuando han ocurrido, el resultado siempre ha sido mejor de lo que yo esperaba; de hecho, mis miedos han radicado siempre en que los resultados serían malos, nunca en que no pudiera hacer frente al cambio en sí.

Me gusta el cambio, he llegado a la conclusión de que hay facetas de la vida que deben estar en constante cambio para que el tedio no se apodere de la mente y acabemos todos desquiciados y/o deprimidos. Cada uno escoge esta aventura en la faceta de la vida que mejor le parece: relaciones, trabajo, creencias, experiencias...

Pero he aquí que los grandes cambios tienen dos modos de presentarse, en apariencia: de repente, como si de haber apretado el botón de los canales del mando se tratara; o avisando, como el llamado "sol de la bruja", que avecina un chubasco importante. En realidad, rara vez el cambio aparece sin avisar, otra cosa es que nosotros no hayamos sido capaces de verlo venir.

Y ese, ese momento que puede durar unos días o unos meses o a veces años, ese es, para mí, el peor punto de todo cambio: cuando está por ocurrir. No haces planes en el momento previo al cambio, porque, ¿de qué va a servir? No puedes organizar lo que ocurrirá después del cambio, porque ¿y si no suceden luego las cosas como esperabas? Solo te queda vivir el momento, y eso está muy bien, pero incluso viviendo el momento, hay cosas que tienden a proyectarse hacia el futuro.

Heme aquí, pues, esperando un cambio que viene avisando desde hace ya un año. Un cambio que he negado, deseado, aborrecido y aceptado numerosas veces. No me disgusta el cambio, quiero ver qué hay detrás de esa puerta que aún no se ha abierto, el pomo me quema ya en las manos. No me asusta el cambio, he tenido tiempo de sobra para prepararme y sé que cualquier escenario es posible. Mi único miedo, como he dicho antes, es que el resultado no sea el que espero y que este cambio no me convierta en quien vengo buscando ser desde hace unos años.

Pero, mi anterior gran cambio funcionó. ¿Por qué no ha de hacerlo este?


domingo, 9 de abril de 2017

Domingo

Y es domingo, pero no es un domingo cualquiera.. Es uno de esos domingos en los que descansas de todos esos pensamientos en los que no has querido detenerte por días o semanas. Porque no has querido pasar a través de ellos, simplemente, has querido pasar de ellos.
Y llega un domingo en que te toca, quieras o no, descansar de verlos pasar y quedarse mirándote extrañados; es probable que ya ni siquiera los recuerdes todos, pero a grandes rasgos, ese estado de ánimo que te provocan te ha venido acompañando levemente hasta que hoy se ha hecho dueño de ti.

Y como es domingo, caes, porque un lunes no puedes levantarte a las seis de la mañana cargando todavía con todo ellos. Caen sobre tus hombros como pesan los deseos incumplidos, como se cargan los años y la tristeza de sus diferentes pérdidas. Y el domingo te resulta largo y corto a partes iguales, porque lo es; es tedioso comprender que mañana volverás a las mismas rutinas que intentas, o quizá no, cambiar de lunes a viernes.

Y entonces recuerdas, casi siempre lo malo, que, sin embargo, se cubre de un velo de nostalgia que te sorprende. Sabiendo a ciencia cierta que todo pasado no fue mejor y que lo mejor está por venir, o así rezan los tópicos, a pesar de todo, caes, porque es domingo y los domingos, que no vas a misa, son tus fiestas de guardar. Y no rezas, pero sopesas. Y lo peor, es que no hay un EGO TE ABSOLVO ni un AMÉN que te arregle el domingo, ni el que viene, ni el último de tu vida.

Y apechugas, porque es domingo, que es como otro día cualquiera, muy a tu pesar... Domingo y nada más.

Lucía Fdez. Segura - Santander, 2007


domingo, 15 de enero de 2017

Alumbramiento (Deslumbramiento) II

Y día a día, semana a semana y cada una de las medidas de tiempo que al lector se le ocurran, se va produciendo el lento, pero no por ello ineficaz, proceso de deslumbramiento.

Un personaje, como si estuviera escrito por un autor cualquiera, con las características básicas marcadas y con un margen de maniobra más o menos amplio, dependiendo del cuidado que se tenga que poner, aparece ante la deslumbrada de turno, que hoy llamaremos Y.

En manos de un psicólogo en ciernes, este personaje podría enmarcarse en lo que el doctor Gregorio Marañón tanto y tan bien definió en sus estudios y que tantas alegrías ha dado a nuestra Literatura: el síndrome del Don Juan.  


Y aquí hago un alto en el camino para indicarle a cualquier lector que por aludido se haya dado que, si le queda algo de sano juicio, no entienda, ni por asomo, estas palabras como fruto de rencor alguno, pero que tampoco, por favor, se sienta halagado por ellas, pues recogen un terrible estado mental del cual pocos salen y, si lo hacen, rara vez sanos y salvos.

Este síndrome es bastante abundante entre el público masculino y suele ser escondido por el fememino cuando se ha visto embebido, atrapado, traicionado por él. Pero Y. se ha atrevido a contar su historia, Y. quiere evitarle a quien quiera que se lo eviten, el dolor, la frustración y la pérdida absoluta de tiempo y esfuerzo que solo se pueden ver compensadas por toda la enseñanza que cualquier vivencia nos deja.
Escuhemos, pues, o leamos, las confesiones de Y.
...

Paciencia (Parte I)

Suelo recurrir con frecuencia a explicar cualquier término de mi lengua materna buscando su etimología. Así, todo su significado, el actual y el original (pasando por todos aquellos que haya podido tener), cobran sentido y puedo entender el desarrollo de esa palabra y por qué, en muchas ocasiones, tiene matices que, a primera vista, parece no contener, pero si ahondamos descubrimos que, por alguna razón que se escapa, nuestro instinto va allí donde nuestro conocimiento aún no ha llegado (y problamente el primero guíe al segundo para llegar).

...
El término español "paciencia" proviene del latín y deriva del término PATIENS, participio activo del verbo protoitálico PATI/PATIOR cuyo significado es "sufrir".
Se suele utilizar esta acepción cuando hablamos de los pacientes en términos de salud (aquel que sufre una enfermedad), pero rara vez denota de este modo cuando nos referimos al que espera.

En nuestra actual sociedad (y probablemente desde hace muchísimos años), la paciencia es considerada un don que aporta la madurez y/o el tiempo. Se asume que los niños y adolescentes no son pacientes por naturaleza y que los adultos deben serlo; el arte de "saber esperar", lo llaman, y se le atribuye al que es paciente una especie de estado espiritual próximo a la meditación y la armonía de los chakras. A día de hoy, además, parece que es una cualidad que escasea por culpa de la educación en lo inmediato que los actuales padres están proporcionando a sus hijos, o eso dicen.



A mi modo de ver, la paciencia es, efectivamente, una cualidad encomiable y que permite proceder en la vida con cierta tranquilidad ante los hechos futuros, sin embargo, considero que se trata de una cualidad harto peligrosa si no se dosifica o se establecen sus límites razonables. Esto es: en mi opinión, la paciencia proviene de dos sentimientos distintos. Uno de ellos es la esperanza; tenemos esperanza por que lo que ha de venir sea como esperamos y simplemente, pues eso, esperamos. El otro es la asunción; asumimos que lo que tenga que venir vendrá, sea como sea, y simplemente, pues eso, esperamos.

En ambos casos, aparentemente, poco o nada podemos hacer por el devenir de los acontecimientos y dejamos a una especie de deus ex machina resolver aquello que está en el aire. ¡Y qué cómodo puede resultar! Supongo que el que se acostumbra a la paciencia tiene la conciencia tranquila ante lo que pueda ocurrir puesto que escapa a su control: 
"La paciencia es la fortaleza del débil y la debilidad del fuerte" (Inmanuel Kant)

Y yo me pregunto: ¿Por qué debemos dejar que las cosas sigan ocurriendo y, con suerte, en algún momento den los frutos esperados? ¿Acaso revolverse en el sitio por tener que esperar cuando ya nos sentimos preparados es ilícito? Salimos a buscar lo que nos pertenece por puro y duro esfuerzo vital y... SORPRESA, hay lista de espera, y parece que los requisitos han cambiado.

¿Y si llevas años esperando y te has hartado de que sea otro (Dios, el primer motor, Stephen Hawking o el perro del vecino -con todo respeto-) el que decida cuándo es tu momento?

Les dejo "considerando en frío, imparcialmente", estas dudas, quizá este no sea el mejor momento para resolverlas, sean pacientes.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Alumbramiento (o pre-deslumbramiento) I

Sabina decía en una de sus canciones que "la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido...". Y hace no mucho tiempo hubiera secundado estas palabras a modo de miserere; pero ha llegado el día en que, sin embargo, la vida cobra sentido.

Todo comienza con el alumbramiento, y podría decirse que hablamos de términos literales y figurados, porque una persona nace, para otra, dos veces: cuando realmente comienza a existir en el mundo y cuando comienza a existir en tu mundo. Desconocemos las circunstancias del primero, pero no se nos escapan las del segundo. En este caso, el alumbramiento fue la tormenta perfecta, contenida en un océano de incomprensión juvenil, de soledad, de inteligencia incipiente y no por ello de falta de inocencia.

En este estado, lo que el alma demanda no es sino comprensión y atención. El alumbramiento se da, pues, con la dosis exacta, imprescindible, de ambas. 

Y en el mismo momento en que el alumbramiento da comienzo, nace una deslumbrada.


sábado, 12 de noviembre de 2016

En este tiempo maldito (de distancia)

17 de octubre de 2016

A R.

Quizá el alma se rompa y sus cristales se disparen
hacia lugares comunes como el sueño que los provoca.

Quizá la lluvia no limpie nunca la sangre
que empaña un futuro previsto.

O la luna ilumine olas que vuelven
y que mojan tus pies, descalzos y tristes,
desnudos y solos.

Porque el dolor penetra la cima más profunda,
cala los ojos más secos, por llorados.

La espera que murió un tercero frío de un año ajeno,
el pálpito que enciende el recuerdo joven,
y lo vive, como el tiempo reescribe los momentos lejanos
que nunca debieron ocurrir.

Y el encuentro que nos brinda este pasado tan previo
ha encarcelado mi luz en tu boca,
tu inocencia en mis brazos.

Ojalá mi amor retenga lo que te han arrebatado.


martes, 10 de mayo de 2016

Evaluando

  Ahora que se acerca el verano, ahora que ha pasado tanto el tiempo, me encuentro a veces haciendo balances que nadie me pide y que yo no me recomendaría hacer si fuera otra persona. Balances de futuro, que son complejos porque abarcan lo inefable de lo porvenir y lo frustrante de lo que sabemos que ocurrirá, hagamos lo que hagamos. Balances de presente que nos posicionan momentáneamente en un estado pletórico y que después nos hunden hasta equilibrarnos en un imperfecto estado de sitio. Y balances de pasado, inútiles, por cuanto no aportan nada al momento ocurrido sino al recuerdo presente del mismo; frágiles, por cuanto cambian conforme a nuestro estado de ánimo; y sin embargo pesados, ya que permanecen, aun en el agotamiento diario, aun en la lógica del marchito tiempo que todo lo comprueba y corrobora.

  Y en ese cíclico intento por que lo que fue haya sido de otra manera a base de pruebas presentes, a base de recapitulaciones, a base de pausas y, necesariamente, a base de olvidos, el alma se cubre de algún sentimiento más que de otro. Ocurre lo mismo con la línea hacia la que vamos, cuyo horizonte mortal nos forzamos a ignorar para no comprobar la estupidez de nuestro día a día; ocurre lo mismo: el alma escoge un sentimiento para determinar qué hacer cuando ese entonces llegue.

  Se antoja problemático, sin embargo, que ambos caminos, el cíclico pasado y el lineal futuro, resulten en el mismo sentimiento y que ese sentimiento envuelva un presente más o menos largo, más o menos cansado y más o menos estable. 

  Porque, ¿qué hacer cuando la tristeza te persigue desde tu pasado y te acompaña hacia el futuro? ¿Huir?


viernes, 11 de marzo de 2016

Pasternak obliga

Por fin, mi cita con la cuesta Moyano tomó forma; ahora sí, me reencuentro con Madrid definitivamente y este es ya mi hogar, aun cuando hacía días que he recogido mi carné de lectora de la red de bibliotecas de Madrid.

Y el primer libro que recogen mis manos, miento, el segundo (el primero es de Félix de Azúa), es la "Antología de urgencia" de Boris Pasternak. 

Recojo hoy, para el recuerdo venidero y por el recuerdo pasado, que abrazan el presenten y a veces lo entristecen o lo exaltan, este "Cita", y que cada uno extraiga sus propias conclusiones:

CITA
Borrará la nieve los caminos,
cubrirá los aleros.
Yo iré a desentumecer los pies:
Detrás de la puerta estás tú.

Sola, con tu abrigo otoñal,
sin sombrero, sin chanclos,
luchas con la emoción
masticando la nieve.

Los árboles y los cercados
se pierden en la lejanía, en la bruma.
Sola, entre la nevada que cae,
tú permaneces en la esquina.

Chorrea el agua desde el pañuelo
por las mangas, entra por los puños,
y, en gotas, la escarcha
brilla en tus cabellos.

Humedece la nieve tus pestañas,
en tus ojos hay tristeza,
y toda tu figura está tallada
en un solo bloque.

Como con un hierro
templado en un baño de antimonio
te grabaron en forma de herida
en mi corazón.

En él ha quedado asentada para siempre
la sumisión de estos rasgos;
gracias a ellos no tiene importancia
que el mundo sea cruel.

Gracias a ello se desdobla
toda esta noche en la nieve
y, trazar fronteras,
no puedo entre nosotros.

Sin embargo, ¿quién somos y de dónde,
cuando de todos aquellos años
solo restan las murmuraciones,
mientras que nosotros no estamos ya en el mundo?

domingo, 10 de enero de 2016

Intimidad (recobrada)

En ocasiones, la vida nos reencuentra con pasados juveniles, con recuerdos vergonzosos, inocentes y mantenidos. En ocasiones, la vida nos reaparece allí donde la dejamos, al menos una parte, para reescribirla y, esta vez sí, adornarla con los verbos que no nos atrevimos a utilizar entonces.
Es curioso que sea a través de Mario (Benedetti) que los pensamientos toman forma en almas distintas a las de ayer, pero semejantes a las de antaño.



Intimidad
Soñamos juntos
juntos despertamos
el tiempo hace o deshace
mientras tanto

no le importan tu sueño
ni mi sueño
somos torpes
o demasiado cautos

pensamos que no cae
esa gaviota
creemos que es eterno
este conjuro
que la batalla es nuestra
o de ninguno

juntos vivimos
sucumbimos juntos
pero esa destrucción
es una broma
un detalle una ráfaga
un vestigio
un abrirse y cerrarse
el paraíso

ya nuestra intimidad
es tan inmensa
que la muerte la esconde
en su vacío

quiero que me relates
el duelo que te callas

por mi parte te ofrezco
mi última confianza

estás sola
estoy solo
pero a veces
puede la soledad
ser una llama

Mario Benedetti

Víctimas y verdugos

o Cambio de temporada

Llámese como mejor le convenga al lector, dependiendo de su estado anímico, su momento vital o de si hoy domingo por la mañana le acompaña una buena resaca o, por el contrario, ha amanecido hace ya unas horas fresco como una rosa.
Y, si bien ambos títulos no comparten absolutamente nada a nivel semántico, resulta que llegan de la mano conclusiones que afectan a uno y otro por igual. 

Hay un cambio de temporada, eso es evidente, y no porque hayamos entrado en un nuevo año, que también, ni siquiera porque haya comenzado, finalmente, la época de frío, que también. Hay un cambio de temporada que sobreviene obligadamente a un cambio, primero repentino, después gradual, en las circunstancias vitales. Y estos cambios, a su vez, han resultado en esas conclusiones que no por injustas vayan a ser sorprendentes.

No me sorprende, a estas alturas, que víctimas y verdugos sean unos u otros según el palco desde el que se mire. Lo que sí me sorprende es encontrarme adoptando en ocasiones breves, pero ocasiones al fin y al cabo, el papel que no me corresponde. Por supuesto que en las relaciones humanas, mejor dicho, cuando las relaciones humanas se trastocan, víctimas somos todos, de algún modo. Sin embargo, lo que hay que discernir es de quién somos víctimas: ¿de otras personas o de nosotros mismos? O quizá, de nosotros mismos siempre, y además, a veces, también de otras personas.

Yo me encuentro en esa tesitura de, momentáneamente, pedirle perdón al verdugo, no a ese que tengo dentro, o que tenía, y con quien hice las paces hace ya tiempo, aunque pueda ser quien me presiona a pensarme verdugo a mí misma. Como digo, pedirle perdón a ese verdugo externo, que no sé muy bien por qué debe disculparme. Desconozco qué argumentos esgrime mi cabeza para generar culpa en momentos que, tras meses, quizá años, puedo decir que son de franca felicidad. ¿Por qué he de sentirme culpable por retomar "una vida que huía de nosotros"? 
Sé que permanece un poso de irresolución, un poso de falta de verdadero final, un suspense que a mi cabeza de guionista de cine comercial parece no venirle nunca bien, parece no resultarle suficiente. En mi más profundo consciente, aún quiero terminar lo terminado, aún quiero resolverlo como lo imaginé; aún, y eso será así siempre, quiero finales redondos.

Un final que no me es concedido, que imagino no se me concederá y que otros no quieren escribir conmigo. Y esto tampoco me sorprende, ¿por qué querría escribir un buen final quien nunca escribió conmigo la trama que lo precedió?

La víctima y el verdugo, en la vida real, pueden ser y son una y la misma persona; y debo sentarme a mí misma en una silla interrogante para resolver con ese verdugo, esa parte que aún mantiene la trama abierta, el final de temporada. Un final que me permita cambiar a esa nueva que me aporta momentos que dejé de esperar hace meses, quizá años.

La felicidad, en mi caso, pasa por perdonar a quien no es capaz de pedir perdón, a quien no reconoce su culpa, a quien no sabe de finales redondos, a quien no sabe de finales y todo le persigue. Mi felicidad, por tanto, pasa por construir lo que nadie más puede. Y sí, te perdono, aunque no sepas ni quieras saber por qué.

domingo, 8 de noviembre de 2015

I'll be looking at the moon...

Y si no recordamos a quien se fue, sino a quien está por venir...


I'll be seeing you
In all the old familiar places
That this heart of mine embraces
All day through.

In that small cafe;
The park across the way;
The children's carousel;
The chestnut trees;
The wishin' well.

I'll be seeing you
In every lovely summer's day;
In every thing that's light and gay.
I'll always think of you that way.

I'll find you
In the morning sun
And when the night is new.
I'll be looking at the moon,
But I'll be seeing you.

I'll be seeing you
In every lovely summer's day;
In every thing that's light and gay.
I'll always think of you that way.

I'll find you
In the morning sun
And when the night is new.
I'll be looking at the moon,
But I'll be seeing you.

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