sábado, 17 de diciembre de 2016

Alumbramiento (o pre-deslumbramiento) I

Sabina decía en una de sus canciones que "la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido...". Y hace no mucho tiempo hubiera secundado estas palabras a modo de miserere; pero ha llegado el día en que, sin embargo, la vida cobra sentido.

Todo comienza con el alumbramiento, y podría decirse que hablamos de términos literales y figurados, porque una persona nace, para otra, dos veces: cuando realmente comienza a existir en el mundo y cuando comienza a existir en tu mundo. Desconocemos las circunstancias del primero, pero no se nos escapan las del segundo. En este caso, el alumbramiento fue la tormenta perfecta, contenida en un océano de incomprensión juvenil, de soledad, de inteligencia incipiente y no por ello de falta de inocencia.

En este estado, lo que el alma demanda no es sino comprensión y atención. El alumbramiento se da, pues, con la dosis exacta, imprescindible, de ambas. 

Y en el mismo momento en que el alumbramiento da comienzo, nace una deslumbrada.


sábado, 12 de noviembre de 2016

En este tiempo maldito (de distancia)

17 de octubre de 2016

A R.

Quizá el alma se rompa y sus cristales se disparen
hacia lugares comunes como el sueño que los provoca.

Quizá la lluvia no limpie nunca la sangre
que empaña un futuro previsto.

O la luna ilumine olas que vuelven
y que mojan tus pies, descalzos y tristes,
desnudos y solos.

Porque el dolor penetra la cima más profunda,
cala los ojos más secos, por llorados.

La espera que murió un tercero frío de un año ajeno,
el pálpito que enciende el recuerdo joven,
y lo vive, como el tiempo reescribe los momentos lejanos
que nunca debieron ocurrir.

Y el encuentro que nos brinda este pasado tan previo
ha encarcelado mi luz en tu boca,
tu inocencia en mis brazos.

Ojalá mi amor retenga lo que te han arrebatado.


martes, 10 de mayo de 2016

Evaluando

  Ahora que se acerca el verano, ahora que ha pasado tanto el tiempo, me encuentro a veces haciendo balances que nadie me pide y que yo no me recomendaría hacer si fuera otra persona. Balances de futuro, que son complejos porque abarcan lo inefable de lo porvenir y lo frustrante de lo que sabemos que ocurrirá, hagamos lo que hagamos. Balances de presente que nos posicionan momentáneamente en un estado pletórico y que después nos hunden hasta equilibrarnos en un imperfecto estado de sitio. Y balances de pasado, inútiles, por cuanto no aportan nada al momento ocurrido sino al recuerdo presente del mismo; frágiles, por cuanto cambian conforme a nuestro estado de ánimo; y sin embargo pesados, ya que permanecen, aun en el agotamiento diario, aun en la lógica del marchito tiempo que todo lo comprueba y corrobora.

  Y en ese cíclico intento por que lo que fue haya sido de otra manera a base de pruebas presentes, a base de recapitulaciones, a base de pausas y, necesariamente, a base de olvidos, el alma se cubre de algún sentimiento más que de otro. Ocurre lo mismo con la línea hacia la que vamos, cuyo horizonte mortal nos forzamos a ignorar para no comprobar la estupidez de nuestro día a día; ocurre lo mismo: el alma escoge un sentimiento para determinar qué hacer cuando ese entonces llegue.

  Se antoja problemático, sin embargo, que ambos caminos, el cíclico pasado y el lineal futuro, resulten en el mismo sentimiento y que ese sentimiento envuelva un presente más o menos largo, más o menos cansado y más o menos estable. 

  Porque, ¿qué hacer cuando la tristeza te persigue desde tu pasado y te acompaña hacia el futuro? ¿Huir?


viernes, 11 de marzo de 2016

Pasternak obliga

Por fin, mi cita con la cuesta Moyano tomó forma; ahora sí, me reencuentro con Madrid definitivamente y este es ya mi hogar, aun cuando hacía días que he recogido mi carné de lectora de la red de bibliotecas de Madrid.

Y el primer libro que recogen mis manos, miento, el segundo (el primero es de Félix de Azúa), es la "Antología de urgencia" de Boris Pasternak. 

Recojo hoy, para el recuerdo venidero y por el recuerdo pasado, que abrazan el presenten y a veces lo entristecen o lo exaltan, este "Cita", y que cada uno extraiga sus propias conclusiones:

CITA
Borrará la nieve los caminos,
cubrirá los aleros.
Yo iré a desentumecer los pies:
Detrás de la puerta estás tú.

Sola, con tu abrigo otoñal,
sin sombrero, sin chanclos,
luchas con la emoción
masticando la nieve.

Los árboles y los cercados
se pierden en la lejanía, en la bruma.
Sola, entre la nevada que cae,
tú permaneces en la esquina.

Chorrea el agua desde el pañuelo
por las mangas, entra por los puños,
y, en gotas, la escarcha
brilla en tus cabellos.

Humedece la nieve tus pestañas,
en tus ojos hay tristeza,
y toda tu figura está tallada
en un solo bloque.

Como con un hierro
templado en un baño de antimonio
te grabaron en forma de herida
en mi corazón.

En él ha quedado asentada para siempre
la sumisión de estos rasgos;
gracias a ellos no tiene importancia
que el mundo sea cruel.

Gracias a ello se desdobla
toda esta noche en la nieve
y, trazar fronteras,
no puedo entre nosotros.

Sin embargo, ¿quién somos y de dónde,
cuando de todos aquellos años
solo restan las murmuraciones,
mientras que nosotros no estamos ya en el mundo?

domingo, 10 de enero de 2016

Intimidad (recobrada)

En ocasiones, la vida nos reencuentra con pasados juveniles, con recuerdos vergonzosos, inocentes y mantenidos. En ocasiones, la vida nos reaparece allí donde la dejamos, al menos una parte, para reescribirla y, esta vez sí, adornarla con los verbos que no nos atrevimos a utilizar entonces.
Es curioso que sea a través de Mario (Benedetti) que los pensamientos toman forma en almas distintas a las de ayer, pero semejantes a las de antaño.



Intimidad
Soñamos juntos
juntos despertamos
el tiempo hace o deshace
mientras tanto

no le importan tu sueño
ni mi sueño
somos torpes
o demasiado cautos

pensamos que no cae
esa gaviota
creemos que es eterno
este conjuro
que la batalla es nuestra
o de ninguno

juntos vivimos
sucumbimos juntos
pero esa destrucción
es una broma
un detalle una ráfaga
un vestigio
un abrirse y cerrarse
el paraíso

ya nuestra intimidad
es tan inmensa
que la muerte la esconde
en su vacío

quiero que me relates
el duelo que te callas

por mi parte te ofrezco
mi última confianza

estás sola
estoy solo
pero a veces
puede la soledad
ser una llama

Mario Benedetti

Víctimas y verdugos

o Cambio de temporada

Llámese como mejor le convenga al lector, dependiendo de su estado anímico, su momento vital o de si hoy domingo por la mañana le acompaña una buena resaca o, por el contrario, ha amanecido hace ya unas horas fresco como una rosa.
Y, si bien ambos títulos no comparten absolutamente nada a nivel semántico, resulta que llegan de la mano conclusiones que afectan a uno y otro por igual. 

Hay un cambio de temporada, eso es evidente, y no porque hayamos entrado en un nuevo año, que también, ni siquiera porque haya comenzado, finalmente, la época de frío, que también. Hay un cambio de temporada que sobreviene obligadamente a un cambio, primero repentino, después gradual, en las circunstancias vitales. Y estos cambios, a su vez, han resultado en esas conclusiones que no por injustas vayan a ser sorprendentes.

No me sorprende, a estas alturas, que víctimas y verdugos sean unos u otros según el palco desde el que se mire. Lo que sí me sorprende es encontrarme adoptando en ocasiones breves, pero ocasiones al fin y al cabo, el papel que no me corresponde. Por supuesto que en las relaciones humanas, mejor dicho, cuando las relaciones humanas se trastocan, víctimas somos todos, de algún modo. Sin embargo, lo que hay que discernir es de quién somos víctimas: ¿de otras personas o de nosotros mismos? O quizá, de nosotros mismos siempre, y además, a veces, también de otras personas.

Yo me encuentro en esa tesitura de, momentáneamente, pedirle perdón al verdugo, no a ese que tengo dentro, o que tenía, y con quien hice las paces hace ya tiempo, aunque pueda ser quien me presiona a pensarme verdugo a mí misma. Como digo, pedirle perdón a ese verdugo externo, que no sé muy bien por qué debe disculparme. Desconozco qué argumentos esgrime mi cabeza para generar culpa en momentos que, tras meses, quizá años, puedo decir que son de franca felicidad. ¿Por qué he de sentirme culpable por retomar "una vida que huía de nosotros"? 
Sé que permanece un poso de irresolución, un poso de falta de verdadero final, un suspense que a mi cabeza de guionista de cine comercial parece no venirle nunca bien, parece no resultarle suficiente. En mi más profundo consciente, aún quiero terminar lo terminado, aún quiero resolverlo como lo imaginé; aún, y eso será así siempre, quiero finales redondos.

Un final que no me es concedido, que imagino no se me concederá y que otros no quieren escribir conmigo. Y esto tampoco me sorprende, ¿por qué querría escribir un buen final quien nunca escribió conmigo la trama que lo precedió?

La víctima y el verdugo, en la vida real, pueden ser y son una y la misma persona; y debo sentarme a mí misma en una silla interrogante para resolver con ese verdugo, esa parte que aún mantiene la trama abierta, el final de temporada. Un final que me permita cambiar a esa nueva que me aporta momentos que dejé de esperar hace meses, quizá años.

La felicidad, en mi caso, pasa por perdonar a quien no es capaz de pedir perdón, a quien no reconoce su culpa, a quien no sabe de finales redondos, a quien no sabe de finales y todo le persigue. Mi felicidad, por tanto, pasa por construir lo que nadie más puede. Y sí, te perdono, aunque no sepas ni quieras saber por qué.

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