martes, 10 de mayo de 2016

Evaluando

  Ahora que se acerca el verano, ahora que ha pasado tanto el tiempo, me encuentro a veces haciendo balances que nadie me pide y que yo no me recomendaría hacer si fuera otra persona. Balances de futuro, que son complejos porque abarcan lo inefable de lo porvenir y lo frustrante de lo que sabemos que ocurrirá, hagamos lo que hagamos. Balances de presente que nos posicionan momentáneamente en un estado pletórico y que después nos hunden hasta equilibrarnos en un imperfecto estado de sitio. Y balances de pasado, inútiles, por cuanto no aportan nada al momento ocurrido sino al recuerdo presente del mismo; frágiles, por cuanto cambian conforme a nuestro estado de ánimo; y sin embargo pesados, ya que permanecen, aun en el agotamiento diario, aun en la lógica del marchito tiempo que todo lo comprueba y corrobora.

  Y en ese cíclico intento por que lo que fue haya sido de otra manera a base de pruebas presentes, a base de recapitulaciones, a base de pausas y, necesariamente, a base de olvidos, el alma se cubre de algún sentimiento más que de otro. Ocurre lo mismo con la línea hacia la que vamos, cuyo horizonte mortal nos forzamos a ignorar para no comprobar la estupidez de nuestro día a día; ocurre lo mismo: el alma escoge un sentimiento para determinar qué hacer cuando ese entonces llegue.

  Se antoja problemático, sin embargo, que ambos caminos, el cíclico pasado y el lineal futuro, resulten en el mismo sentimiento y que ese sentimiento envuelva un presente más o menos largo, más o menos cansado y más o menos estable. 

  Porque, ¿qué hacer cuando la tristeza te persigue desde tu pasado y te acompaña hacia el futuro? ¿Huir?


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