miércoles, 28 de octubre de 2009

De los saberes del mundo... I

"Desconocida, innominada, inexistente al parecer, pero en realidad existiendo, la verdad tiene que ser conquistada, descubierta y traducida al lenguaje: donde, inevitablemente, acto continuo volverá a ser mal comprendida".

H. Zimmer.

sábado, 24 de octubre de 2009

Maldito tiempo

Ahora cambio el reloj de hora.

¿Y qué?

Van a seguir poniéndome esa absurda excusa de que las empresas ahorran más luz de este modo, ¿no? Quiero que sepan que eso ya no se lo traga nadie. Las empresas gastan luz a las tres de la mañana o de la tarde, a tope con los focos, y nada de bombillas de bajo consumo.

Quieren convencerme de que esto lo hacen por ahorrar luz, insisten... Y yo sólo veo más gasto: A las siete de la tarde tienes que encender las luces del salón porque no puedes ni morderte las uñas sin fallar. Sales a la calle y todas las luces están encendidas a las ocho, y eso que no ha llegado el invierno, que a las seis ya están encendidas.

Luces por todos lados, pero además, nocturnidad.

La vida en la calle en otoño y con cambio de hora se hace cada vez más escasa. A partir de ahora parece que salgo a la calle a última hora para comprar los regalos de navidad cada vez que me muevo del sofá más tarde de las seis.

Y entro a los establecimientos sólo por encontrar algo más de luz que unas farolas hartas de iluminar tanto delito absurdo. Tanta chusma, que no tiene otro nombre, tanta desilusión. Tanta hipoteca, calefacción (no olvidemos que con una hora menos de luz por la tarde, hace más frío), perro nuevo, mamá quiero esto para navidad, qué quieres para tu cumple, haremos algún viaje, no llego a fin de mes. Y ahora súmale esos euros de más por encender las luces una hora antes.

Ellos sí que ahorran, pero dinero, y el de los demás.

A mí no me engañan, he aprendido a ver en la oscuridad, ¿y el calor? Ése me lo busco en otros cuerpos, le pese o no a Gas Natural.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Racionalizaciones estúpidas I

Siempre me pareció loable la capacidad de algunas personas de mantener sus espacios personales en la más absoluta de las pulcritudes y de los órdenes.

Asumo, con cierta desvergüenza, que nunca he sido persona de colocación impecable. Mi habitáculo parece más la madriguera de un oso pardo que se ha visto obligado a vivir en medio metro cuadrado que una sala de estudio y meditación académica como corresponde a mi función, en estos momentos de la vida.

La sensación que uno (en este caso la que escribe) disfruta cuando, tras pelear consigo mismo tardes y tardes, mañanas y mañanas, sobre si debería ordenar o no esa maraña de asuntos varios y ajenos, propios también, los más diría incluso, o los menos, consigue decidirse, ordenar y ve lo que ha hecho es inigualable; nadie que acostumbre a ser ordenadamente perfecto en esto podrá entenderme.

Pero, por lo mismo, la sensación que uno sufre cuando, tras haber disfrutado de la anteriormente mencionada previa sensación, se ve en la tesitura de llegar a pensar: ¿dónde he puesto esto?; esa sensación, es terrible.

En situaciones normales, "esto" estaría "aquí" o lo que es lo mismo, más o menos donde siempre, con un orden inexplicable, pero donde siempre. En esta situación, "esto" está "en algún lugar donde lo haya guardado con otros tantos estos de variado origen y necesidad".

Porque no quiero que nadie me diga que ordenar es cuestión de necesidades: Lo que necesites, cerca, a la vista, lo que no, lo guardas en un cajón. Pues oigan, eso sí que sería un desorden, LO NECESITO TODO, obviamente. Pero no lo necesitas todo a la vez. Pues no, pero si me baso en lo que necesito ahora, mañana tendría que ordenar según lo que necesitara... Y ESO SÍ QUE SERÍA UN CAOS.

A lo que iba es que, piensen lo que piensen de mí (aunque sí quiero dejar claro que el desorden no supone una falta de auto-ordenamiento y limpieza, soy mujer de hábitos saludables), para mí el orden que conocen todos los seres humanos, el orden diáfano, el orden inscrito en un canon universalmente aceptado, es de tan poca prioridad que no sé cómo argumentar para que nadie me exija razones.

Todavía encuentro las teclas del ordendor, mis libros de cada día, donde escribo y donde no, los folios, los no folios, aquello que no sabía que era y decidí dejar "por ahí" para descubrirlo mañana o tal vez nunca, o recordar que sé lo que era pero ya no sé dónde está... Todas esas pequeñas y grandes cosas están ordenadas, tanto como lo está mi cerebro. Y salvo una incipiente locura, no me pueden negar que no tenga las ideas claras.

NO IMAGINO UNA CUADRÍCULA CUANDO PIENSO EN EL ESPACIO QUE OCUPAN MIS IDEAS EN MI CEREBRO. POR TANTO, MI HABITÁCULO ESTARÁ ORDENADO EN DIRECTA PROPORCIÓN A COMO ESTÉ MI CEREBRO.

He dicho.


P.D.: No se trata de una apología del desorden preadolescente. Pasé esa etapa con un desastre de habitación y he descubierto que seguiré siendo así, y no por rebeldía, se trata de un modus operandi sin el cual no sería la misma, ni escribiría igual, por supuesto.

lunes, 5 de octubre de 2009

La canción que canta en el fondo oscuro del mar...


D.E.P. Mercedes Sosa

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