miércoles, 7 de marzo de 2018

Yo también lo dije...

...aquello de: "Yo no soy feminista, busco la igualdad". El absurdo hecho frase por cuanto demuestra el deficiente conocimiento del término en sí.


Hace unos años, una ¿feminista? me odiaba vaya usted a saber por qué, e interrumpía mi discurso cada vez que olía un posible atisbo de discriminación hacia algún sujeto del colectivo femenino (aunque ella hiciera la vista gorda hacia la basta discriminación que un allegado hacía de una buena parte del mismo).

Pero es que hace unos años también yo odiaba a esa buena parte del colectivo femenino, porque estaba involucrada en mi relación de pareja. No será hoy el día en que aleje de ellas toda culpa, en su justa proporción a cada una de ellas, pero sí alejaré la culpa de la absurda justificación de que la causa fuera su género. Baste para acotar y como curiosidad, decir que el adjetivo "culpable" no termina ni en "-o" ni en "-a", ¡qué cosas, oiga!


En ese entonces, el movimiento feminista me parecía una pataleta, una revolución producida por el despecho; no pude estar más equivocada. El despecho solo te proporciona una mecha, la dirección que tome depende de tus ideales, de tus convicciones.

Tampoco recibí una educación especialmente feminista. Como la de todo el mundo, o casi, supongo, mi educación, en casa y fuera de ella, tuvo sus tintes machistas. No daré detalles porque involucrarían rasgos de personas que no soy yo, pero podéis entender el contexto con algunas puntadas: años 90, educación pública (por tanto, mixta), acceso a televisión, móvil a partir de los 14 (compartido hasta años después con mi madre), ordenador personal más o menos por la misma época, sufrí acoso en la adolescencia (por parte de una mujer, cabe aclarar)... Poco más que contar para este caso.
En mi apreciación personal, mi desarrollo no se vio marcado en demasía por el hecho de ser mujer. Subjetivamente no puedo decir que me despreciaran por serlo. Pero hay pequeños atisbos de lo que a día de hoy lucho por eliminar de la rutina diaria: "Mandona", me lo han llamado mucho. Nunca oí a nadie decírselo a un hombre. Resulté motivo de burla en el instituto cuando defendía mis ideas en clase de Filosofía, casi siempre por parte de hombres, aunque probablemente aquí se uniera la falta de interés por la asignatura. Yo también me enfadé con la amiga de turno porque se llevaba a los tíos de calle porque tenía o enseñaba más las tetas; no era consciente de que la víctima no era yo, ¡bendita inocencia!

Y fueron comenzando los coletazos: 
- En principio, no quiero tener hijos.
- Ya querrás. A ver qué dices con los años... Yo tampoco quería.

Conversación repetida hasta en la sopa, desde los 15 años hasta hoy. Hay muchos motivos detrás de mi pensamiento, no se trata simplemente de que mi reloj biológico aún no haya sonado, es más, soy consciente de que cuando suene tendré que librar una de las batallas más duras en la vida de una mujer actual. Mi mundo llega más lejos que mis instintos primitivos, por suerte y por desgracia.

El miedo a volver a casa sola. A caminar de noche sola por cualquier lugar. 
Las dudas a intervenir en una conversación de manera activa. El cabreo porque se menospreciara mi intervención (dudas de por qué motivo se hacía). Y eso lo digo a sabiendas de ser una de las personas que menos se corta a la hora de dar su opinión.
El pudor incluso a vestir una ropa u otra por temor a que se me tome menos en serio. 

En un grupo de amigos de Whatsapp del que formo parte, se siguen enviando fotos de tetas, culos o chistes machistas (y no solo por los hombres) y aún hoy es el día que no consigo recriminarle nada a quien los manda. Siempre me digo: ¿merece la pena? Supongo que sí, pero me consuelo sabiendo que quien verdaderamente me acompaña no lo haría.

Soy una feminista cobarde. Porque no me atrevo a alzar la voz siempre que lo considero oportuno. Por no resultar pesada, para que no me consideren despechada (la de veces que he querido denunciar a voz en grito lo que se esconde detrás de según qué personas), para "tener la fiesta en paz"... Hace poco he tomado la determinación de no callarme tanto. El primer fruto fue la pérdida de un ¿amigo? Resultó no serlo en absoluto y tener poca madurez, además de unas ideas bastante peregrinas.

Y todavía me siento un poquito culpable por no tener trabajo aún (no por falta de búsqueda), después de varios meses viviendo en otra ciudad. Mi pareja no me presiona, y sin embargo hay constantes dudas sobre qué haré en el futuro y cómo manejaré mi independencia si continúo así por mucho más tiempo. Aún me siento indefensa pensando que "solo" soy ama de casa.
En definitiva, trato de luchar frente a la vida como mujer y como persona al mismo tiempo (no puedo desligar una de otra en la práctica, pero a veces las separamos demasiado en la teoría). De lo que sí me enrogullezco es de que cada día que pasa tengo que luchar menos contra mis propios pensamientos machistas; sé identificarlos, encontrar la causa y desvanecerlos.

Porque el feminismo no es, para mí, un movimiento externo al que deba adherirme. El feminismo es SENTIDO COMÚN.


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