domingo, 20 de septiembre de 2015

Pause

Hace varias semanas que la ciudad se ve extraña, enrarecida. Ni las calles son aquellas que hasta hace poco me daba igual transitar o no, ni la gente parece ir al mismo ritmo, ni aquellos que se quedan marcan la diferencia con respecto a aquellos que se van.
Se van, quizá, los que menos deberían irse para darle sentido a una ciudad tan extraña ahora, tan rara. Se quedan aquellos que nunca estuvieron, que pasan de largo hacia ninguna parte, que escogen a quien siempre está aunque se haya ido como morada inútil en la que refugiar la culpa.

Pero todo está cubierto por un velo que se siente como los dedos después de chupar el azúcar pica-pica de una gominola: pegajoso, nunca dulce, más bien amargo e incómodo. Y lo que más se desea es poder lavarse las manos para evitar inundarlo todo de esta sensación; sin embargo, a esta ciudad ya no le quedan fuentes donde mojar las lágrimas o limpiarse las manos.

Así que aquellos que se quedan pero nunca estuvieron deambulan con las manos sucias y los que quieren irse pero nunca podrán irse del todo lloran ya lágrimas secas. Aquí nada ya tiene sentido y cada paso es un recuerdo inexacto, una duda constante, una ciudad extraña. Es el momento de apretar el botón...

"PAUSE"


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